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Especial SEMANA SANTA 2007

¡ FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN 2007 !

Por TEATINAS - 8 de Abril, 2007, 2:15, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

La COMISION INTERNACIONAL DE DIVULGACIÓN

de las RELIGIOSAS TEATINAS de la I.C.

se une al ALELUYA PASCUAL de toda la Iglesia

y felicita a los lectores de nuestro blog

con la alegría entrañable 

en CRISTO RESUCITADO

¡ FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN 2007 !

" Que Cristo ocupe todo tu pensamiento, como Maestro, como Amigo..."
( Úrsula Benincasa )

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LA PRIMERA VOCACIÓN PASCUAL

Por TEATINAS - 7 de Abril, 2007, 23:10, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

LA PRIMERA VOCACIÓN PASCUAL
(Comentario al evangelio del Domingo de Pascua)

José Cristo Rey García Paredes, cmf


¿Qué le ocurrió a María Magdalena para ser la primera en reconocer al Señor resucitado? El cuarto evangelio nos la presenta como la agraciada con la primera aparición de Jesús.

Hay personas que se lamentan de que nos falte un relato de la "primera aparición" que sería obviamente la de Jesús a su madre María. Tampoco se nos habla de una aparición particular de Jesús al discípulo amado -que había acogido a María como madre espiritual y presencia esencial en su vida-.

Del discípulo amado se nos dice que llegó antes que Pedro al sepulcro y "vió y creyó". Hay en el evangelio de este día una serie de referencias al "ver y creer". Sin embargo, Jesús resucitado le dijo a Tomás: "Bienaventurados los que sin ver creyeron". ¿Necesitaría la madre de Jesús una aparición -ver-, cuando en ella la fe nunca cesó, porque siempre creyó? "Bienaventurada mi madre, porque sin ver, creyó". Jesús nunca desapareció de su vida. En su corazón murió y resucitó. El Abbá no iba a excluirla en este acontecimiento paterno-materno en el que Jesús recupera su vida para siempre.

María Magdalena  se había aproximado a la cruz de Jesús, junto con María, María de Cleofás, la hermana de su madre y el Discípulo Amado. Ella lo busca al amanecer del primer día de la semana y, al constatar la ausencia y desaparición del cuerpo corre a decírselo a los discípulos. Esto origina una búsqueda. A ella le reserva Jesús la primera aparición, aun "antes de subir al Padre". Se encuentra con el Jesús que está "desapareciendo" y antes quiere transmitir un mensaje. María es agraciada con la llamada, la primera vocación pascual. Y cuando ella quiere abrazar a su Señor, éste se lo impide y le encomienda una fantástica misión: que anuncie a los discípulos que Jesús vive y está completando su vuelta al Padre, a Dios. Añade también algo decisivo: el Abbá de Jesús es el Abbá de todos. Y a partir de aquí se establece la comunidad cristiana como  "la comunidad de los hermanos y las hermanas de Jesús".

De este relato tan bello podríamos deducir algunas consecuencias prácticas:

  • Las apariciones de Jesús tienen lugar allí donde la fe se tambalea. Jesús se aparece para confirmar, para llamar de nuevo, para enviar. Cuando nuestra fe se tambalea, también nosotros necesitamos una "aparición pascual". No podemos exigirla, pero sí esperarla.
  • Jesús se aparece a quienes más apasionadamente lo buscan: no a los indiferentes, no a los curiosos, ni a los que todo ya se lo saben y lo dan por supuesto. La aparición es el regalo concedido a la ardiente espera, a quien no acaba de creerse que "todo lo que ocurrió con Jesús de Nazaret" sea una mentira. 
  • La aparición a María Magdalena está intimamente conectada con su presencia audaz y amorosa en el Calvario, a la hora de la muerte de Jesús.  Quien se acerca a los calvarios de nuestro mundo, quien se siente poseído por la compasión, recibe el don de la sensibilidad ante la Presencia. "Bienvanturados los compasivos porque ellos verán al Señor Jesús" y serán enviados a testificar su experiencia. Sin compasión ante el sufrimiento de nuestros hermanos, quedamos anestesiados para poder contemplar la Presencia del que nos parece ausente. 
  • La aparición de Jesús a María Magdalena la convierte en mensajera de un Jesús que se muestra "hermano". No le dice Jesús: "vete y dile a mis discípulos", sino "a mis hermanos". De la Pascua surge una gran fraternidad y sororidad que debemos cultivar, sabiendo que Jesús es nuestro Hermano mayor. Si Él nos trata como hermanos, también nosotros unos a otros. Y dentro de la fraternidad-sororidad no debemos infravalorar a nuestras hermanas. ¡Qué Jesús contó y mucho con ellas!

Os deseo, hermanas y hermanos, a todos FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN. Comuniquémoslo de forma creíble a tantas personas que necesitan tener más confianza en la vida y en el amor.

José Cristo Rey García Paredes, cmf

Puedes ver el artículo completo y su traducción al portugues en la página original de los Misioneros Claretianos

http://www.ciudadredonda.org/subsecc_mb.php?scd=3&sscd=82&&nuevo_mes=04&nuevo_ano=2007&dia=08

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HOMILIA para la VIGILIA PASCUAL: La Resurrección del Des-aparecido

Por TEATINAS - 7 de Abril, 2007, 16:23, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

La Resurrección del Des-aparecido
(Homilía para la Vigilia Pascual)

José Cristo Rey García Paredes, cmf

La celebración de esta noche nos ofrece una perspectiva espléndida de la historia. Nos habla del origen del fuego, de la luz, de nuestro nacimiento en el agua. Nos evoca los grandes textos de nuestra tradición que relatan la creación, el éxodo, las voces proféticas que dieron sentido a la historia.

Pero lo más sorprendente nos acaba de ser proclamado ahora en la lectura del evangelio de Lucas. El texto nos ha comunicado el fenómeno más sorprendente de toda la historia humana:
la desaparición total del Cuerpo muerto de Jesús.

En tres días un cuerpo muerto no se disuelve totalmente.  La hipótesis de un robo o profanación de la tumba fue ya desde el principio desechada. ¿Qué ocurrió?

Testigos de esta desaparición misteriosa del cuerpo fueron solo  mujeres: María Magdalena, Juana, María de Santiago y otras. Todas ellas discípulas de Jesús que le habían seguido desde Galilea y habían llegado hasta el Calvario y habían asistido a su ejecución, aunque desde lejos.

Estas mismas mujeres quieren ungir el cuerpo de Jesús, pero cuando llegan muy de mañana al sepulcro, lo encuentran vacío.

Dos varones con vestidos luminosos -símbolos tal vez de los primeros evangelizadores de la Resurrección, como por ejemplo Pablo en 1 Cor 15-, les anuncian la desaparición y el motivo: el cuerpo muerto ha sido resucitado por Dios; ha sido asumido en una forma de vida muy superior a la anterior, el Espíritu de Dios lo ha convertido en "cuerpo pneumático", portador de vida eterna, en un cuerpo lleno de señorío; ¡más real que lo real! ¡más vital que lo viviente!

El cuerpo no ha desaparecido. Son los ojos humanos los que ya no pueden percibir tanta densidad ontológica, una realidad tan inimaginable, tan divina. Los sentidos topan con sus límites. Ante tanta visibilidad y luz, los sentidos se ciegan, ante tanta realidad el tacto se vuelve insensible, ante voz tan espléndida y transformadora, el oído se torna absolutamente sordo.

El "¡no está aquí!" de los dos mensajeros nos indica que sólo a quienes se le conceda superar este nivel, podrán reconocerlo y sentirlo.Las mujeres son invitadas a recordar, como la madre de Jesús, las palabras del Señor cuando, viniendo de Galilea a Jerusalén les habló de su muerte y resurrección. Las discípulas lo recordaron y ¡creyeron! No buscaron a Jesús. Creyeron en Él como el viviente.

Los discípulos masculinos, en cambio, se sobresaltaron ante el anuncio de las mujeres. No las creyeron. Pedro, inició su búsqueda particular. Se extrañó de lo que vió en el sepulcro, pero el cuerpo de Jesús no estaba allá.

No deja de ser una ironía de la vida que aquellos a quienes -según decimos- confió Jesús su cuerpo en la última cena, sean los que lo pierdan hasta desde la perspectiva de su fe; y que aquellas a quienes -según decimos- Jesús no confió su cuerpo, sean las que vayan a embalsamarlo y después las más preocupadas en encontrarlo, y cuando no lo encuentran, no tienen reparo en creer en su presencia real aunque invisible.

Esta noche celebramos la resurrección pero sin apariciones. La resurrección del desaparecido.

El excelente relato de san Lucas en esta primera parte -antes de cualquier aparición del Resucitado- nos confronta con la calidad de nuestra fe y confianza. ¿Creemos de verdad en la realidad de Jesús y desconfiamos de la capacidad de nuestros sentidos para detectarlo? Estamos convencidos de nuestra necesidad de un "suplemento de fe", dados los límites de nuestra percepción sensorial (praestet fides supplementum sensuum defectui).

Si nos es concedido creer en la Resurrección, trasladémonos a la región de la vida; dejemos nuestras tumbas y lamentaciones; no nos preocupemos tanto por los sepulcros. Todo cuerpo muerto tiene fecha de caducidad. Está amenazado de vida. Dios Padre y su Espíritu están al acecho. En cualquier momento  dirán a otros cuerpos aquellas palabras pascuales: "Tú eres mi hijo, mi hija... ¡yo te he engendrado hoy!

Es ésta noche el momento principal y clave de la historia. En ella se nos invita a entrar en el umbral de la Pascua, donde todo cambia de sentido y la Esperanza nos acoge.

El artículo original pertenece a la págna: http://www.ciudadredonda.org/subsecc_mb.php?scd=3&sscd=82&&nuevo_mes=04&nuevo_ano=2007&dia=08

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LA ANGUSTIA DE UNA AUSENCIA. MEDITACIÓN SOBRE EL SÁBADO SANTO

Por TEATINAS - 7 de Abril, 2007, 0:05, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

" Tened por perdidos los momentos que pasáis sin pensar en Dios.

Guardad siempre su Presencia,

pues Él está presente en vuestra vida:

os ve, os ayuda y os ama en todo tiempo..."

( Úrsula Benincasa )

LA ANGUSTIA DE UNA AUSENCIA. MEDITACIÓN SOBRE EL SÁBADO SANTO.

JOSEPH RATZINGER

"Sábado Santo, día de la sepultura de Dios. ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de Dios...?". Con estas palabras se expresaba el teólogo Joseph Ratzinger en una meditación con ocasión de la Pascua de 1969, antes de que Pablo VI lo hiciese cardenal y Juan Pablo II lo llamase a Roma como prefecto.

La revista HUMANITAS publicó en su día, tres de estas meditaciones, cuya actualidad y profundidad enriquecerá nuestra preparación y oración pascual.

Primera Meditación

La afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en algunos autores como una simple pesadilla. Jesús muerto proclama a los muertos desde el techo del mundo, que en su viaje al más allá no ha encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la nada infinita, el silencio de un vacío absoluto. Pero se trata simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el fondo del alma, sin deseos de retirarse. Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con un estridente grito de espanto: "¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y nosotros lo hemos asesinado!". Cincuenta años después se habla ya del asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una "teología después de la muerte de Dios", que progresa y anima al hombre a ocupar el puesto abandonado por Dios. El impresionante misterio del Sábado Santo, su abismo de silencio, ha adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo.

Porque esto es el Sábado Santo: el día en que Dios se oculta, el día de esa inmensa paradoja que expresamos en el credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió al misterio de la muerte. El Viernes Santo podíamos contemplar aún al traspasado; el Sábado Santo está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su hijo. Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al principio estaban un poco preocupados por lo que pudiese suceder, llevaban razón.

Sábado Santo, día de la sepultura de Dios. ¿No es éste, de forma especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro siglo en un gran Sábado Santo, en un día de la ausencia de Dios, en el que incluso a los discípulos se les produce un gélido vacío en el corazón y por este motivo se disponen a volver a su casa avergonzados y angustiados, sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de esperanza mientras marchan a Emaús, sin advertir que Aquél a quien creen muerto se halla entre ellos?

Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el Vía Crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios, convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a El mismo, porque ¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y la caridad tan discutibles de sus creyentes?

La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez más en un Sábado Santo, habla a nuestras conciencias. Se refiere también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador. Porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin fronteras. Todavía más: a través del naufragio del Viernes Santo, a través del silencio mortal del Sábado Santo, pudieron comprender los discípulos quién era Jesús realmente y qué significaba verdaderamente su mensaje. Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad en ellos. La imagen que se habían formado de Él, en la que intentaban introducirlo, debía ser destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha pudiesen contemplar el cielo y verlo a Él mismo, que sigue siendo la infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza, el abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros si Él no existiese. Hay en el Evangelio una escena que anticipa de forma admirable el silencio del Sábado Santo y que, al mismo tiempo, parece como un retrato de nuestro momento histórico. Cristo duerme en un bote, que está a punto de zozobrar asaltado por la tormenta. El profeta Elías había indicado en una ocasión a los sacerdotes de Baal, que clamaban inútilmente a su dios pidiendo un fuego que consumiese los sacrificios, que probablemente su dios estaba dormido y era conveniente gritar con más fuerza para despertarle. ¿Pero no duerme Dios en realidad? La voz del profeta, ¿no se refiere, en definitiva, a los creyentes del Dios de Israel que navegan con Él en un bote zozobrante? Dios duerme mientras sus cosas están a punto de hundirse. ¿No se asemejan la Iglesia y la fe a un pequeño bote que naufraga y que lucha inútilmente contra el viento y las olas mientras Dios está ausente? Los discípulos, desesperados, sacuden al Señor y le gritan que despierte; pero Él parece asombrarse y les reprocha su escasa fe. ¿No nos ocurre a nosotros lo mismo? Cuando pase la tormenta reconoceremos qué absurda era nuestra falta de fe.

Y, sin embargo, Señor, no podemos hacer otra cosa que sacudirte a ti, el Dios silencioso y durmiente, y gritarte: ¡despierta!, ¿no ves que nos hundimos? Despierta, haz que las tinieblas del Sábado Santo no sean eternas, envía un rayo de tu luz pascual a nuestros días, ven con nosotros cuando marchemos desesperanzados hacia Emaús, que nuestro corazón arda en tu cercanía. Tú que ocultamente preparaste los caminos de Israel para hacerte al final hombre como nosotros, no nos abandones en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la charlatanería de nuestra época. Señor, ayúdanos, porque sin ti pereceríamos.


Segunda Meditación

El ocultamiento de Dios en este mundo es el auténtico misterio del Sábado Santo, expresado en las enigmáticas palabras: Jesús "descendió a los infiernos". La experiencia de nuestra época nos ayuda a profundizar en el Sábado Santo, ya que el ocultamiento de Dios en su propio mundo –que debería alabarlo con millares de voces-, la impotencia de Dios, a pesar de que es el Todopoderoso, constituye la experiencia y la preocupación de nuestro tiempo.

Pero, aunque el Sábado Santo expresa íntimamente nuestra situación, aunque comprendamos mejor al Dios del Sábado Santo que al de las poderosas manifestaciones en medio de tormentas y tempestades, como las narradas por el Antiguo Testamento, seguimos preguntándonos qué significa en realidad esa fórmula enigmática: Jesús "descendió a los infiernos". Seamos sinceros: nadie puede explicar verdaderamente esta frase, ni siquiera los que dicen que la palabra infierno es una falsa traducción del término hebreo sheol, que significa simplemente el reino de los muertos; según éstos, el sentido originario de la fórmula sólo expresaría que Jesús descendió a las profundidades de la muerte, que murió en realidad y participó en el abismo de nuestro destino. Pero surge la pregunta: ¿Qué es la muerte en realidad y qué sucede cuando uno desciende a las profundidades de la muerte? Tengamos en cuenta que la muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de los vivos y –aunque con distinta intensidad- algo parecido al "infierno", a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad impenetrable. Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría soledad de las puertas de la muerte encontramos a Aquel que es la vida, al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando: "¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?". Cuando un niño ha de ir en una noche oscura a través de un bosque, siente miedo, aunque le demuestren cien veces que no hay en él nada peligroso. No teme por nada determinado a lo que pueda referirse, sino que experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una pesadilla. Existe una angustia –la angustia auténtica, que radica en lo más íntimo de nuestra soledad- que no puede ser superada por el entendimiento, sino exclusivamente por la presencia de un amante, porque dicha angustia no se refiere a nada concreto, sino que es la tragedia de nuestra soledad última. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el temor de sentirse abandonado? ¿Quién no ha experimentado en algún momento el milagro consolador que supone una palabra cariñosa en dicha circunstancia? Pero cuando nos sumergimos en una soledad en la que resulta imposible escuchar una palabra de cariño estamos en contacto con el infierno. Y sabemos que no pocos hombres de nuestro mundo, aparentemente tan optimistas, opinan que todo contacto humano se queda en lo superficial, que ningún hombre puede tener acceso a la intimidad del otro y que, en consecuencia, el substrato íntimo de nuestra existencia lo constituye la desesperación, el infierno.

Jean-Paul lo ha expresado literariamente en uno de sus dramas, proponiendo, simultáneamente, el núcleo de su teoría sobre el hombre. Y de hecho, una cosa es cierta: existe una noche en cuyo tenebroso abandono no resuena ninguna voz consoladora; hay una puerta que debemos cruzar completamente solos: la puerta de la muerte. Todo el miedo de este mundo es, en definitiva, el miedo a esta soledad. Por eso en el Antiguo Testamento una misma palabra designaba el reino de la muerte y el infierno: sheol. Porque la muerte es la soledad absoluta. Pero aquella soledad que no puede iluminar el amor, tan profunda que el amor no tiene acceso a ella, es el infierno.

"Descendió a los infiernos": Esta confesión del Sábado Santo significa que Cristo cruzó la puerta de la soledad, que descendió al abismo inalcanzable e insuperable de nuestro abandono. Significa también que, en la última noche, en la que todos nosotros somos como niños abandonados que lloran, resuena una palabra que nos llama, se nos tiende una mano que nos coge y guía. La soledad insuperable del hombre ha sido superada desde que Él se encuentra en ella. El infierno ha sido superado desde que el amor se introdujo en las regiones de la muerte, habitando en la tierra de nadie, de la soledad. En definitiva, el hombre no vive de pan, sino que en lo más profundo de sí mismo vive de la capacidad de amar y de ser amado. Desde que el amor está presente en el ámbito de la muerte, existe la vida en medio de la muerte. "A tus fieles, Señor, no se les quita la vida, se les cambia", reza la Iglesia en la misa de difuntos.

Nadie puede decir lo que significa en el fondo la frase: "Descendió a los infiernos". Pero cuando nos llegue la hora de nuestra última soledad captaremos algo del gran resplandor de este oscuro misterio. Con la certeza esperanzadora de que en aquel instante de profundo abandono no estaremos solos, podemos imaginar ya algo de lo que esto significa. Y mientras protestamos contra las tinieblas de la muerte
de Dios comenzamos a agradecer esa luz que, desde las tinieblas, viene hacia nosotros.

Tercera Meditación

En la oración de la Iglesia, la liturgia de los tres días santos ha sido estudiada con gran cuidado: la Iglesia quiere introducirnos con su oración en la realidad de la pasión del Señor y conducirnos a través de las palabras al centro espiritual del acontecimiento. Cuando intentamos sintetizar las oraciones litúrgicas del Sábado Santo nos impresiona, ante todo, la profunda paz que respiran. Cristo se ha ocultado, pero a través de estas tinieblas impenetrables se ha convertido también en nuestra salvación; ahora se realizan las escuetas palabras del salmista: "Aunque bajase hasta los infiernos, allí estás Tú". En esta liturgia ocurre que, cuanto más avanza, comienzan a lucir en ella, como en la alborada, las primeras luces de la mañana de pascua. Si el Viernes Santo nos ponía ante los ojos la imagen desfigurada del traspasado, la lioturgia del Sábado Santo nos recuerda, más bien, a los crucifijos de la antigua Iglesia: la cruz rodeada de rayos luminosos, que es una señal tanto de la muerte como de la resurrección.

De este modo, el Sábado Santo puede mostrarnos un aspecto de la piedad cristiana que, al correr de los siglos, quizás haya ido perdiendo fuerza. Cuando oramos mirando al crucifijo vemos en él la mayoría de las veces una referencia a la pasión histórica del Señor sobre el Gólgota. Pero el origen de la devoción a la cruz es distinto; los cristianos oraban vueltos hacia oriente, indicando su esperanza de que Cristo, sol verdadero, aparecería sobre la historia; es decir: expresando su fe en la vuelta del Señor. La cruz está estrechamente ligada, al principio, con esta orientación de la oración, representa la insignia que será entregada al rey cuando llegue; en el crucifijo alcanza su punto culminante la oración. Así pues, para la cristiandad primitiva la cruz era, ante todo, signo de la esperanza, no tanto vuelta al pasado cuanto proyección hacia el Señor que viene. Con la evolución posterior se hizo bastante necesario volver la mirada, cada vez con más fuerza, hacia el hecho; ante todas las volatilizaciones de lo espiritual, ante el camino extraño de la encarnación de Dios, había que defender la prodigalidad impresionante de su amor, que por el bien de unas pobres criaturas se había hecho hombre, y qué hombre. Había que defender la sana locura del amor de Dios, que no pronunció una palabra poderosa, sino que eligió el camino de la debilidad a fin de confundir nuestros sueños de grandeza y aniquilarlos desde dentro.

¿Pero no hemos olvidado quizás demasiado la relación entre cruz y esperanza, la unidad entre la orientación de la cruz y el oriente, entre el pasado y el futuro? El espíritu de esperanza que respiran las oraciones del Sábado Santo deberían penetrar de nuevo todo nuestro cristianismo. El cristianismo no es una mera religión del pasado, sino también del futuro; su fe es, al mismo tiempo, esperanza, porque Cristo no es solamente el muerto y resucitado, sino también el que ha de venir.

Señor, haz que este misterio de esperanza brille en nuestros corazones, haznos conocer la luz que brota de tu cruz, haz que como cristianos marchemos hacia el futuro, al encuentro del día en que aparezcas.



Oración

Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya de los redimidos. Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando Tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte; luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo necesitan. Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del Sábado Santo de la historia. Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura. Amén.

Las fotografías pertenecen al artista Robert Hupka. Puedes acceder a la colección completa en

 http://193.48.70.125/arstella/en/sommaire/index.dim

El artículo original de Joseph Ratzinger fue publicado en la REVISTA HUMANITAS ( Chile )

www.humanitas.cl/new/biblioteca/autores/a0047.htm

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VIERNES SANTO: Encomendarse en las manos del Padre...

Por TEATINAS - 6 de Abril, 2007, 1:30, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

Viernes Santo 2007

"Dos son los sentimientos que me hace concebir la Pasión del Señor:

uno de compasión por lo que hemos costado a Jesucristo;

otro de alegría, por el amor que nos muestra,

ya que Él quiso sufrir por nosotros para asegurarnos el perdón..."

( Úrsula Benincasa- Reglas-cap. XIV )


Encomendarse en las manos del Padre

Tony Catalá, S.J.

Encomendarse a las manos de Dios,
manos que crearon y moldearon al hombre
es saber que las almas de los justos
están en las manos de Dios
y no les alcanzará tormento alguno (Sb 3, 1).

Ya es la hora del descanso.
Cuando nada de ti mismo se afirma,
cuando lo que experimentas es justamente lo contrario,
es esta mirada a lo alto y esta encomienda,
lo que da al hombre aliento y respiro,
esperanza de no quedar defraudado.

No hay peor enfermedad del espíritu que la independencia,
no tener maestro, ni guía,
ni nadie que te ayude o acompañe en el camino de la vida interior.
Por causa de esta soledad ocurren las autojustificaciones.
No hay necesidad del Otro, se perece en la autosuficiencia,
y el orgullo será la causa mortal.

Jesús no tiene inconveniente en encomendar a otro su vida,
entregarse a Otro.
Hay abismos que, aunque se deben cruzar solos,
es necesario tener conciencia de que Otro te ve,
te espera, te mira, y está dispuesto a echarte una mano.
No se puede avanzar si no se despega uno de las manos de su maestro,
pero no se termina bien si no permanecen siempre
las referencias espirituales que producen confianza,
sobre todo en los tiempos más recios y oscuros.
Aunque camine por valles oscuros, no temeré ningún mal:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
En la humanidad de Jesús va la nuestra,
y al abandonarse en las manos de su Padre,
nuestra naturaleza vuelve a las manos de su Hacedor
para una nueva y gloriosa creación.
Todo llega ahora a su plenitud en este Cuerpo
entregado  al poder y a la misericordia
de quien es eterna y permanentemente Padre.

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JUEVES SANTO: Día del AMOR FRATERNO

Por TEATINAS - 5 de Abril, 2007, 1:50, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

" Que la CARIDAD os mantenga UNIDOS..."

( Úrsula Benincasa )

" Permaneced en mi AMOR..." ( Jn 15,9 )

Un testimonio de Fraternidad...

" ...Así hemos transitado por un camino de reconciliación y de búsqueda, con mucha ilusión, no sin dolor, y con algunas certezas que nos iban orientando en nuestro caminar. Sabíamos y sentíamos muy fuerte que lo nuestro es una vida sacerdotal en comunidad; pero COMUNIDAD que exprese una FRATERNIDAD y una COMUNIÓN tan hondas que se convirtieran en PROVOCACIÓN, SIGNO Y PROFECÍA para un mundo impregnado por el neoliberalismo y la fragmentación...

Pero, para vivir estos ideales no basta con la buena voluntad. Hace falta hundir las raíces en una fuerte espiritualidad, que no puede estar basada en copias ni en repetir formas de otros tiempos. Una espiritualidad que sea verdadera expresión de lo que el Espíritu de Dios hoy quiere suscitar en nosotros.

De este modo descubrimos que el "SER TEATINO HOY" implica ser hombres capaces de relacionarse con el mundo, que no teman el estar expuestos para generar fraternidad, que vivan la comunión siendo profundamente humanos y , por ende, capaces de humanizar sus ambientes y relaciones.

Lo dicho anteriormente se convierte en un "desafió misionero": nos convoca a ser misioneros viviendo y generando pequeñas comunidades inspiradas en la vida apostólica según nos lo narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. Viviendo de esta manera podemos decir que una COMUNIDAD TEATINA es un «lugar teológico», ya que se convierte en un lugar de experiencia de Dios, experiencia que es fundante y fondante para toda la vida.

Como las comunidades no son entes abstractos, vemos que el término "casa" es para nosotros muy significativo. ¡ Qué intuición tuvieron nuestros Padres Fundadores al decir "ni conventos ni monasterios, sino CASAS" ! Hoy diríamos "casa con una GRAN MESA que integre A TODOS y con el PAN CALIENTE sobre el mantel"...

...De las primeras comunidades cristianas aprendemos que las relaciones humanas en clave del Reino, no son más que una gran mesa redonda, sin márgenes ni esquinas, en la que todos tienen cabida y en la que nadie puede imponer sus verdades o sus intereses personales por encima de los del bien común. En el centro, el pan partido y repartido, el Cuerpo de Cristo en el que somos uno, el alimento que nos da fuerzas para testimoniar, EN COMUNIDAD ( siempre en comunidad ), la JUSTICIA DEL REINO...

R.P. JUAN CARLOS DI CAMILLO, C.R.

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JUEVES SANTO: Materiales para una HORA SANTA

Por TEATINAS - 5 de Abril, 2007, 1:30, Categoría: Especial SEMANA SANTA 2007

Jueves de la Cena del Senor

Si el grano de trigo no muere...

Materiales para la Hora Santa 2007

 Puedes utilizar estas reflexiones, poemas y salmos libremente,

siempre y cuando especifíques como referencia 

el blog de las Religiosas Teatinas.

Recuerda que todos los textos están sujetos a derechos de autor.

Muchas gracias. 

Ir a lo profundo...

 Profundiza.

Si la semilla germina en superficie

no hay posibilidad de crecimiento.

El que busca la vida ha de arriesgarse,

ha de ir a lo profundo.

Vacíate de ti.

De tu sesgada forma de observar

las cosas, los acontecimientos, las personas.

Es preciso que veas más allá...

A medida que bajes de tus pobres certezas,

vislumbrarás el paso de Señor en la historia

de cuantos te rodean.

Leerás las biografías admirables

que se esconden, a veces,

detrás de una aparente contradicción humana.

Y sabrás de respuestas sostenidas

a pesar del cansancio y de la prueba.

Y verás la bondad y la justicia 

que habitan, hombre adentro,

en lo que desconoces de tu hermano...

Profundiza.

No te quedes tan sólo en apariencias,

en aquello que tus pobres y acomplejados ojos,

tan humanos, pequeños y tan llenos de ti,

contemplan en el rostro del que tienes al lado.

Y recuerda que hay siempre más de Dios en tu hermano

que en tu miope mirada justiciera...

Porque esta noche, todo se transforma.

Porque el pan ya no es lo que parece.

El vino se ha hecho vida derramada en la mesa.

Y el Amor, hecho Hombre, avanza hacia una Cruz...

Profundiza.

Y encontrarás a Cristo en cada hermano.

ã R.R.G.C. "Siete verbos en juego"