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Junio del 2008

Luis A. Casalá, sm: LA VIDA COMUNITARIA A PARTIR DE UNA FIDELIDAD CREATIVA

Por TEATINAS - 21 de Junio, 2008, 18:17, Categoría: Materiales para compartir

" Alegraos cada cual con el bien de las demás.

Que el sufrimiento de una afecte a todas

y que el de la Comunidad

lo sienta cada una como propio..."

( M. Úrsula Benincasa- Reglas, cap. XIX )

LA VIDA COMUNITARIA A PARTIR DE UNA FIDELIDAD CREATIVA

Esta reflexión apunta a tratar de responder a dos grandes interrogantes que se me han propuesto:

a)      ¿Cuáles son los elementos o valores que hemos recibido como patrimonio de nuestra Vida Religiosa?

b)     ¿Cómo actualizar hoy estos valores en nuestros contextos culturales?

No cabe duda que el "proyecto de vida comunitaria" de l@s religios@s están sumido en una profunda crisis. Por múltiples razones, las estructuras y los modelos de vida comunitaria, se manifiestan deficitarios e insuficientes para:

-        contener a sus integrantes y acompañar sus procesos personales, estimulando el crecimiento y la maduración de la vocación personal de cada un@;

-        satisfacer las necesidades básicas de sus miembros, constituyéndose, por ejemplo, en un ámbito que permita y favorezca compartir la intimidad personal;

-        irradiar vida a su alrededor y ser fecundo, a través de un modo de vivir que sea significativo y atraiga nuevos miembros, etc.

Se han cambiado muchas cosas intentando hacer más humana y evangélica nuestra vida fraterna. Cambios de forma y de fondo, cambios en los lugares de vivienda, en los estilos de vida, en la forma de animación, en las dinámicas comunitarias que se han puesto en práctica.

El modelo de vida comunitaria preconciliar, basado en la "observancia", expiró, aunque algun@s lo añoren. Los cambios sociales y el giro antropológico producido por el fenómeno de la postmodernidad lo hacen inviable. A muchas generaciones de religios@s les sirvió como marco adecuado en su búsqueda de Dios y como plataforma que les permitió entregarse a la construcción del Reino. Hoy no nos sirve.

Además, las comunidades deben enfrentar la problemática del envejecimiento y su (in) capacidad de recibir y acompañar a los pocos religiosos jóvenes que se van integrando en ellas. El "clima" de escepticismo, aburguesamiento, nostalgia y activismo que reina en muchas de ellas, no es el mejor nicho para que la vida religiosa joven crezca sanamente.

Mirando al pasado, intentaré recoger algunos elementos de nuestra tradición que me parecen particularmente valiosos en relación con la vida fraterna. Pondré de relieve su importancia y señalaré algunos caminos para recuperarlos de una manera nueva que responda a las necesidades que tenemos hoy. Si logramos rescatar la sabiduría que encierran nuestras mejores tradiciones será más fácil que tengamos futuro.

Riquezas de nuestro patrimonio

Recogeré cinco "riquezas" fundamentales que son parte del patrimonio y de la sabiduría de la Vida Consagrada. Son "dimensiones" de la vida fraterna que hacen a importantes cuestiones y necesidades antropológicas y sociológicas. Descuidarlas es grave y pone en peligro a cualquier grupo humano. Estos elementos, que durante mucho tiempo se cultivaron, se han anquilosado; y terminaron siendo "cargas" y no ayudas para el crecimiento personal y el de la comunidad. Los cambios que se produjeron durante el proceso de renovación postconciliar, provocaron que, junto con aspectos que necesariamente debían cambiar (¡y radicalmente!), se perdieran algunos de los valores que esas tradiciones y dinámicas intentaban, infructuosamente, defender y cultivar.

Las resumo en cinco aspectos que debemos enfrentar, si queremos "refundar nuestra vida fraterna":

-        La "dirección".

-        Los "tiempos" y los "espacios" comunitarios.

-        Las "fronteras" que delimitan el "ambiente" de la comunidad.

-        Los mecanismos para "limpiar relaciones".

-        La comunidad como "unidad apostólica".

  1. La "dirección"

    1. La Vida Religiosa primitiva surgió para ser vivida en la soledad más absoluta. La vida eremítica fue la primera forma de Vida Religiosa. Pero poco a poco los monjes se fueron agrupando y surgieron los cenobios. Este agrupamiento y la consiguiente "vida común" tiene dos causas principales, una "positiva" y otra "negativa".

§  La razón "positiva" fue "la búsqueda de dirección". Con ello quiero decir la búsqueda de orientación, consejo, guía espiritual. Los cenobios fueron surgiendo, entonces, en torno a un "abba" o "amma" cuya "autoridad" no provenía de ninguna "regla" ni de ningún "voto"; sino sólo de su "prestigio" moral-espiritual.

§  La razón "negativa" (que desarrollaré en el siguiente apartado) fue evitar el deterioro y la "des-humanización" que el aislamiento generaba en las personas. Digámoslo claramente: necesitaron reunirse para garantizar su salud mental. 

    1. Por "dirección" entiendo el conjunto de mecanismos, normas, usos y costumbres, dinámicas, que sirven para dar "norte" a la vida personal y comunitaria. No me refiero sólo al gobierno. Es todo aquello que sirvió y sirve para "orientar" las personas y las comunidades: el acompañamiento ("dirección") espiritual; el rol del animador-a ("superior-a"); la sabiduría de los padres y madres del desierto que se iba cristalizando en los apotegmas; las Reglas (a medida que se fueron escribiendo); los "usos y costumbres" (las tradiciones que se iban acrisolando); los Capítulos (a nivel local o general); etc.

    2. Obviamente, una persona o una comunidad sin "rumbo" no pueden sobrevivir. Sobre todo en el caso de la Vida Religiosa, cuyo caminar debe ser discernido permanentemente, dado que por su ser esencialmente carismática, debe dejarse conducir por el Espíritu que sopla cuándo, cómo y dónde quiere.

Cuando falta esa "dirección" que orienta poniendo "límites", "bordes" (ofreciendo un marco), el grupo se transforma en una "babosa", se desparrama (se "des-borda"). Pero si, por el contrario, el marco es excesivamente rígido, no servirá de cauce que canalice e impulse la vida, sino más bien de ataúd.

Durante mucho tiempo la Vida Religiosa se fue inclinando en esta última dirección. Se "sacralizó" la Regla; la "observancia" se transformó en garantía de santidad; se olvidó lo que Jesús afirmó: "la norma es para el hombre y no el hombre para la norma"; la ley primó sobre el espíritu, la estructura sobre el carisma; la autoridad se inspiró más sobre el "modelo de este mundo" - finalmente sobre el modelo absolutista del siglo XIX - que en la propuesta evangélica: "hacer de la autoridad un servicio".

    1. Claro que este "ataúd" estaba llamado a volar por los aires; debía entrar en crisis. La Vida Religiosa necesitaba recuperar su identidad carismática. Los profundos cambios que como un terremoto la sacudieron a partir del Concilio, promovieron el cambio de las Reglas, de las formas de ejercer la autoridad, de los mecanismos de participación de todos, y la descentralización, la valoración del pluralismo y el principio de subsidiariedad.

La influencia del nuevo contexto cultural se comenzó a sentir con fuerza. El individualismo y el exacerbado subjetivismo moderno y postmoderno; el desprestigio del mundo adulto y el auge e idealización de todo lo que sea "nuevo y joven"; el proceso de secularización (mejor, el secularismo); el relativismo ético; la crisis de autoridad y la deslegitimación de los "superiores" (muchas veces por la falta de autoridad moral de los que tienen el poder); los procesos de liberación social y de democratización; el reconocimiento de los derechos humanos; etc. Todo esto puso en jaque, no solamente a la autoridad sino al conjunto de la "dirección".

    1. La sospecha sistemática sobre todo lo que "viniera de arriba", sobre todo lo que no hubiese sido consensuado y aprobado por las bases, fue minando poco a poco todo el edificio. Pero una organización sin "dirección" termina también perdiendo eficacia, y muchas veces queda sometida al juego de otro tipo de luchas por el poder. Y lo más grave, en el caso de la Vida Religiosa, es que así quedó afectado uno de los elementos nucleares que le dan identidad: ser un discipulado.

    2. Hoy nuestro desafío es recuperar la "dirección" que nos permita caminar juntos, y sentir que formamos una sola caravana. Para ello hay ciertas tareas que la VR no puede postergar:

§  Cultivar un nuevo estilo de liderazgo.

§  Implementar el discernimiento comunitario como modo de buscar juntos el querer de Dios sobre la vida personal y comunitaria.

§  Desarrollar una mística del discipulado.

§  Impulsar la elaboración del "proyecto personal" y del "proyecto comunitario" como herramientas que nos encaminen hacia objetivos comunes, integrando las necesidades personales con los fines y objetivos comunitarios.

§  Centrar la vida en la Palabra. En la Palabra de Dios encontramos la correcta "dirección". La Lectio hecha en comunidad, al estilo de lo que hacen muchas comunidades en América Latina, es una mediación de la que no podemos darnos el lujo de prescindir.

  1. Los "tiempos" y los "espacios" comunitarios

    1. Aquí me refiero a la estructura o "infraestructura" de la comunidad. Una comunidad,  todo grupo humano, necesita organizar bien sus "tiempos y espacios". Los seres humanos tenemos necesidades básicas que deben ser satisfechas; necesidades de salud y de descanso; de tener un trabajo pastoral y/o profesional con el que poder ser y sentirnos útiles; de disfrutar de una adecuada intimidad y de comunicarnos; de tener amig@s; de formación permanente, etc.

La sabiduría de la Vida Religiosa fue generando un estilo de vida en el que se tenían en cuenta:

§        La existencia de "tiempos" sagrados y profanos; tiempos para el trabajo y la oración ("ora et labora"); tiempos para la formación; tiempos para el descanso personal y tiempos para la recreación y el paseo comunitario; tiempos para comer juntos; tiempos para la reunión fraterna y el "capítulo" donde se conversaban los grandes asuntos de la comunidad;  tiempos de silencio y tiempos para hablar. Los tiempos litúrgicos jalonaban el año, le daban ritmo a la vida y rompían la monotonía de los días. Los rituales sanos [1] permitían distinguir los momentos y rescatar la importancia de cada acontecimiento. La vida no era un montón de hojas de calendario revueltas por el viento.

§        Los "espacios" también estaban claramente determinados. Espacios sagrados y profanos; espacios para la comunidad y para las visitas; espacios para estar solos y espacios para la comunidad; espacios para el estudio, la recreación, el trabajo manual; espacios para recibir a los huéspedes y conversar con ellos; espacios bellos que invitaban a la contemplación [2].

    1. Lo que se pretendía garantizar de esta manera era una vida armónica, compensada, donde no faltasen los elementos que no deben faltar en la VC: el trabajo y el descanso, la intimidad y la comunicación, la eficiencia y la gratuidad, el ocio y la formación, la misión y el cultivo de la experiencia de Dios.

    2. Lamentablemente el desgaste de los años y el polvo de los caminos, hicieron que muchas de estas "formas" se transformaran en "formalismos"; los ritos en ritualismo; los "espacios y tiempos sagrados" en ocultismo; la belleza en esteticismo. Como reacción, como sucedió tantas veces, "se arrojó por la ventana el agua sucia junto con el niño". Muchas experiencias de inserción no tuvieron en cuenta las necesidades humanas más básicas de l@s religios@s; otras "secularizaron" torpemente su vida desterrando los signos más elementales de la presencia de Dios en su cotidiano existir; otras fueron vapuleadas por el activismo y el individualismo egocéntrico. No es raro que en algunas de ellas se exija hoy día más silencio en la sala de comunidad, frente al televisor, que en la capilla. 

    3. La Vida Religiosa hoy se encuentra frente a los siguientes desafíos:

§  Recuperar los sanos rituales que le aporten armonía y belleza, que favorezcan una vida equilibrada (tan lejos del aburguesamiento, como del estrés y vaciamiento que produce el activismo);

§  Construir para sí y para los que nos rodean y visitan, espacios en los que las personas encuentren "refugio" en medio de un mundo hostil y deshumanizante; donde se armonicen la belleza y la sencillez – incluso austeridad); espacios abiertos y cercanos al común vivir de la gente, pero a la vez capaces de proteger la vida favoreciendo la intimidad y el descanso.

§  Garantizar a sus integrantes espacios privados donde puedan descansar, orar, reflexionar, llorar. Y recuperar los espacios comunitarios cuando han sido invadidos y conquistados por el televisor (la sala de comunidad, e incluso el comedor en muchas comunidades).

§  En síntesis: ser cercanos a los que nos rodean y ofrecer con nuestro modo de vivir un estilo de vida alternativo, donde no falten los "tiempos gratuitos"; poner de manifiesto que hay muchas cosas que no necesitamos para ser felices, y que belleza y lujo no tienen por qué ir de la mano; y remitir, con nuestra sola presencia, al Misterio que intentamos vivir y testimoniar.

  1. Las "fronteras" que delimitan el "ambiente" de la comunidad

 

    1. En este apartado apunto al clima, a la atmósfera, que puede permitir que nuestra especie se desarrolle sana y sea fecunda, y constituye nuestro nicho ecológico. Este punto está muy vinculado con el anterior, pero existe un aspecto que quiero poner de relieve. Me refiero a los mecanismos de defensa de la comunidad. Todo organismo vivo tiene sus mecanismos de defensa que le permiten reconocer aquello que le es propio, lo que es sano para sí mismo y le dará vida, diferenciándolo de los "cuerpos extraños", de los virus que "invaden" su organismo o su hábitat, y que pueden destruirlo llevándole a la muerte. Por eso existen "fronteras", que delimitan el territorio que cada individuo, grupo o especie necesita para sobrevivir y garantizar su identidad[3]. Las comunidades también necesitan estos mecanismos.

    2. Tratando de cumplir con la palabra y el mandato del Señor de "estar en el mundo sin ser del mundo", la Vida Religiosa fue experimentando diversas formas de relación con "el afuera". En ello influyó decisivamente el concepto de "mundo" que se tuviera. Y, por supuesto, la influencia maniquea que impregnó al cristianismo muy desde sus orígenes; y de la cual todavía no nos hemos liberado. El valor que estaba en juego era preservar la vida evangélica de la contaminación de las ideologías dominantes. Así se practicó la "fuga mundi"; se ensayaron múltiples formas más o menos estrictas de clausura; se implementaron "reglas de precaución y reserva"; se "filtró" la correspondencia activa y pasiva; se prohibieron – hasta llegar a normas aberrantes - las relaciones con la familia natural; se prohibió salir solos (as); una de las funciones del hábito era separar, señalar la identidad y poner distancia. Se ha recorrido un largo camino hasta llegar a las "comunidades insertas", y ello aconteció gracias a los grandes cambios teológicos y antropológicos de las últimas décadas.

    3. Sin embargo el "levantamiento indiscriminado de las fronteras", esta especie de ALCA donde todo entra y sale indiscriminadamente (menos las personas que siguen saliendo pero no entran), no ha sido automáticamente bueno para la salud de la Vida Religiosa. Nos llega hoy mucha información a través de los MCS y de nuestros contactos con los hombres y mujeres de nuestro entorno; pero no tenemos, muchas veces, juicio crítico para evaluar y ponderar esa información; nos faltan criterios de discernimiento (¡la vigilancia!, sobre la que tanto insistía Jesús!) y por eso la función contra-cultural y profética de la VR se ha ido diluyendo. La sal ha perdido su sabor, nuestra luz no ilumina. En ciertos casos el proceso de inculturación nos hizo perder identidad, por falta de discernimiento para no dejarnos tragar por las ideologías dominantes: el neoliberalismo (el consumismo, etc.) y las dimensiones "negativas" de la cultura postmoderna que arrasa y achata lo que toca. Hemos sido (¡somos!) muy ingenuos en nuestra relación con el mundo.

No es fácil encontrar el "la justa medida" en este punto. Si bien es cierto que en su conjunto la VR se distanció exageradamente del mundo y desconfío sistemáticamente de él, también es verdad que nuestros fundadores y fundadoras fueron, en general, personas de una exquisita sensibilidad frente al mundo que les tocó vivir.

    1. Las comunidades religiosas necesitan recuperar ese "ambiente terapéutico", para sus integrantes y para todos aquell@s que busquen salud psíquica y espiritual en ellas. Esto nos exige algunas tareas y nos plantea algunos desafíos:

§  Recuperar – sanamente- las fronteras que delimiten el espacio de la comunidad favoreciendo el "aire oxigenado" dentro de ellas, impidiendo que entre el "smog" y pudiendo eliminar prontamente el smog que nosotros mismos producimos.

§  Estar atentos para poder discernir: ¿Cuándo cultivamos la intimidad y cuándo caemos en el intimismo? ¿Cuándo logramos "reserva" y cuándo es escapismo? ¿Cuándo lo nuestro es entrega generosa a la misión y cuándo es activismo? Para una comunidad tan malo es no tener "fronteras" como vivir asfixiados por no abrir puertas y ventanas.

§  Crear un ambiente y estilo de vida donde se "respire" un clima de diálogo, cercanía, calidez, sencillez, serenidad, silencio, aceptación mutua incondicional, recogimiento, reflexión. Éste es el clima que permite que las personas florezcan y sean ellas mismas. Entre otras cosas hay que aprender a pasar ratos "gratuitos", festivos, de descanso, en comunidad.

§  Promover el estudio y la formación que nos brinden herramientas para conocer e interpretar los fenómenos sociales y nos ayuden a liberarnos de los demonios de las ideólogas dominantes.

§  Cultivar el "espíritu de oración". Sólo la sintonía con el "espíritu del Evangelio" puede hacer que se desarrollen en nosotros los "anticuerpos" que nos permitan discernir, con-naturalmente, lo que es de Dios y lo que no es de Dios, lo que puede darnos vida o lo que encierra semillas de muerte.

§  Compartir la experiencia de Dios. Tal vez nos pasamos años rezando junt@s el Oficio, ¡y nunca hemos compartido nuestra experiencia personal de Dios!

  1. Los mecanismos para "limpiar relaciones"

    1. Ahora me quiero referir a los mecanismos que una comunidad debe tener para "limpiar relaciones" y restablecer la sana convivencia y el diálogo cuando se han visto rotos o interferidos por los conflictos que inevitablemente acontecen en las relaciones humanas. La comunidad religiosa está formada por seres humanos "heridos por el pecado". En la medida en que cada integrante se asuma como "pecador perdonado", será más fácil que desarrolle actitudes de misericordia, compasión y tolerancia frente a las debilidades de l@s demás; y también frente a las propias debilidades. La aceptación de las propias sombras, la eliminación de los sentimientos de culpa malsana, la reconciliación con la propia historia y el haber perdonado a quienes nos han hecho daño, constituyen el fundamento indispensable para construir una sana y profunda relación con los demás.

    2. En el pasado las comunidades desarrollaron diferentes maneras para enfrentar los conflictos comunitarios, para estimularse mutuamente a corregir los errores y/o el pecado, para superar la mediocridad y para facilitar y ahondar la comunión entre l@s herman@s. Entre ellas recuerdo: las entrevistas periódicas con el superior de la comunidad, las reuniones de comunidad ("capítulos locales", "conferencias de orden"), los informes periódicos sobre las personas, las visitas canónicas, la obligación de dar cuenta y el "capítulo de culpas".

    3. Por razones similares a las señaladas en los apartados anteriores, muchas de estas herramientas que en un tiempo resultaron útiles y funcionales, se transformaron en formalismos sin espíritu. Y así se perdió algo que estaba destinado a dinamizar la vida espiritual personal y a facilitar las relaciones humanas dentro de la comunidad.

§  Desde el punto de vista evangélico la "corrección fraterna" es una indicación clara de Jesús. Él mismo enseña una forma de hacerla. No es bueno saltarse alegremente esta página del Evangelio. Pero además, hoy, somos sensibles no sólo a la "corrección" sino a la "afirmación fraterna": todos necesitamos también que se reconozcan nuestros valores, lo que hemos hecho bien, nuestros progresos. Y sabemos también que muchas veces funciona mejor el "estímulo" y la felicitación que la marcación de los errores.

§  Son indispensables los espacios que permitan reconocer los errores y pedir perdón; perdonar y reconciliarse; aclarar malos entendidos; conocer las motivaciones más profundas de algunas actitudes y/o comportamientos; dar y pedir explicaciones; expresar los desacuerdos y el malestar que se experimenta sobre situaciones, decisiones, personas; blanquear la crítica y poner sobre la "mesa común" lo que se conversa en los pasillos; o simplemente enterarnos de lo que está pasando por el corazón del/de la herman@ en este momento.

    1. Para lograr todo ello la comunidad religiosa tiene importantes tareas por delante:

§  Recuperar los mecanismos que permitan sacar a la luz las dificultades personales y comunitarias. Luego del Concilio el "capítulo de culpas" se transformó en "corrección fraterna". Ésta se intentó hacer con diferentes dinámicas, con mayor o menor éxito y continuidad por parte de las comunidades. Necesitamos retomar, reactualizar, profundizar y enriquecer esta práctica comunitaria.

§  Generar nuevos espacios de diálogo comunitario donde se pueda compartir lo más a fondo que sea posible cómo se siente, cómo está, qué está viviendo cada un@. Favorecer que se compartan los sentimientos y saber acoger con cariño y respeto  lo que cada un@ comparte. Las "reuniones de comunidad", bien preparadas, sin apuros, pueden ser también un momento que facilite mucho que emerjan las dificultades que necesitan ser trabajadas por tod@s. 

§  Celebrar periódicamente celebraciones de la Reconciliación en comunidad.

§  Poner en práctica los mecanismos de evaluación que están previstos en las Reglas o en la tradición de cada Instituto; y si no los tiene, inventarlos. Porque muchas veces una oportuna evaluación es lo que facilita la corrección del rumbo y de los errores, y ahorra muchos conflictos a largo plazo.

  1. La comunidad como "unidad apostólica"

    1. Un elemento que en el pasado dinamizó mucho las comunidades fue compartir la misión[4]. Antiguamente, la mayor parte de las veces, no éramos enviados a una comunidad sino a una obra apostólica, a realizar una tarea. Cuando alguien llegaba a la comunidad, más que un herman@, llegaba un profesor(a), un cociner@, o un vicario. Animar una obra, entregar juntos la vida por algo que valiera la pena, compartir un apostolado era fuente de satisfacción y muchas veces bastaba para llenar la vida de sentido. Realmente l@s herman@s se desvivían por las "obras apostólicas" en las que habían puesto su corazón (¡por momentos más que en Jesús!).

    2. Por diferentes razones, también entró en crisis esta dimensión: por la pérdida de prestigio y significatividad de algunas obras; por la revalorización de la Vida Religiosa y de la vida fraterna en sí mismas, más allá de las tareas que realizáramos[5]; y también por ciertas actitudes individualistas que llevaron a que bastantes buscaran su propia realización, desarrollar su "vocación personal", por encima del interés de la "obra común".

    3. Las comunidades comenzaron a formarse con otros criterios: privilegiando las afinidades personales, las opciones pastorales de cada uno, el modelo de VR que cada un@ se sentía llamad@ a vivir; priorizando el simple "estar", la presencia, sobre todo en las comunidades insertas que no estaban a cargo de una obra apostólica; y constituyéndose en "comunidades de vida", pero no de misión, dado que cada un@ trabajaba en una obra diferente. Se diluyó, muchas veces, la dimensión misionera de la comunidad en sí misma.

    4. Nuevamente hay que decir que esta reacción fue, básicamente, muy sana. Provocó el redescubrimiento de que la VR - y la vida fraterna - tienen valor, más allá de las obras en que estábamos empeñados. Pero en la medida en que se perdió el sentido de la "misión común", en que se dejó de ser una "comunidad en misión", la misma comunidad comenzó a perder sentido y energías. Porque, toda comunidad cristiana (y la Iglesia en su conjunto) existe para evangelizar.

Desde luego que compartir una visión pastoral, unos objetivos y una metodología apostólica, un estilo y un espíritu misionero, no implica que todos los miembros de una comunidad realicen el mismo tipo de servicio, ni que trabajen en la misma obra apostólica. Pero sí que consideren que la comunidad es una "unidad apostólica" que potencia, estimula, discierne y evalúa el ministerio de cada herman@.

    1. Para ello la comunidad religiosa tiene como desafíos y tareas:

§  Entenderse a sí misma como comunidad en misión: tener clara cuál es la "misión de la comunidad" dentro del Instituto, de la Iglesia, del ambiente en que está inserta y de la obra apostólica (si es que animan junt@s una obra).

§  Recuperar el valor que por sí mismo tiene el "testimonio" de la "vida fraterna", como signo de la presencia del Reino en medio de nuestro mundo.

§  Ampliar nuestro concepto de "misión", incluyendo en él no sólo los "servicios ministeriales"; recuperando el valor "salvífico" de la vida cotidiana, del trabajo sencillo y escondido hecho ofrenda en cada Eucaristía, del sufrimiento y dolor de nuestr@s herman@s ancian@s o en crisis, etc.

§  Transformar la comunidad en un lugar de acogida, en una escuela de oración y de espiritualidad.

§  Preguntarse cómo están compartiendo con la Iglesia su "don de Dios", el carisma propio del Instituto, que no han recibido sólo para sí, sino para servir al Reino y enriquecer a la Iglesia.

Concluyendo

  1. La "comunidad religiosa" es un don de lo Alto. Hay que acoger ese don, celebrarlo, cultivarlo, disfrutarlo y compartirlo con corazón agradecido. La comunidad es un "espacio teologal" [6]. Es mucho más que un conjunto de dinámicas grupales.

  2. La comunidad está compuesta por "seres humanos", no por ángeles. Necesitamos mediaciones, herramientas, dinámicas, tiempos y lugares. Prescindir graciosamente de todo ello desemboca en un suicidio colectivo.

  3. ¿Cuáles crees tú que serían las riquezas de nuestra tradición que hemos descuidado y que deberíamos reactualizar? ¿Estás de acuerdo con estas cinco dimensiones que se han desarrollado? ¿Piensas que han quedado de lado otras tan o más importantes que éstas? ¿Se te ocurren otras formas originales para actualizar nuestro rico patrimonio?

Luis A. Casalá, sm

casalasm01@hotmail.com

Monasterio Benedictino de Santa María – Rautén (Quillota)

Junio – 2006

(Revista Testimonio N° 217 – septiembre, 2006)



[1] Ver sobre este punto, Anselm Grüm: "La protección de lo sagrado", Verbo Divino, Navarra, 2003; y "Año litúrgico sanador", Verbo Divino, Navarra, 2002.

[2] Soy consciente de que este tema representa un desafío muy especial para las comunidades insertas. Los que han pasado por aquí o viven en ellas, saben bien de qué se trata.

[3] Nuestro cuerpo cuenta con un maravilloso sistema inmunológico. Cada persona, dependiendo en parte de las culturas, tiene necesidad de un "espacio de personal", "espacio de aproximación", cuando se vincula con otra (nos sentimos invadidos si alguien se aproxima demasiado a nosotros para conversar - sobre todo si es un desconocido).

[4] Este aspecto vale, de un modo muy especial, para la Vida Religiosa apostólica; pero, con los debidos matices, también se puede aplicar a la Vida Contemplativa.

[5] Después del Concilio las congregaciones de vida activa nos dimos cuenta que nuestro aporte a la Iglesia no consiste en ser meros "funcionarios apostólicos"; y redescubrimos el carisma del Instituto como fuente de inspiración para nuestra misión apostólica.

[6] Vita Consecrata 41 y 42

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Por TEATINAS - 20 de Junio, 2008, 1:45, Categoría: General

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Comisión Internacional de Divulgación

Roma, junio de 2008

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"MISERICORDIA QUIERO Y NO SACRIFICIOS..."

Por TEATINAS - 7 de Junio, 2008, 18:51, Categoría: Materiales para compartir

"Todos somos hijos de Dios y nos debemos respeto..."

( M. Úrsula Benincasa )

Las ideas que encontramos en el relato que acabamos de escuchar no son una excepción. Está perfectamente atestiguada en los evangelios la actitud de acogida por parte de Jesús de todos aquellos que se encontraban en situación de marginación. Entre ellos se contaba un colectivo muy variado de gente, a los que se denominaba sencillamente "pecadores". Aunque hoy seguimos empleando la misma palabra, el concepto tiene poco que ver con lo que se quería decir entonces. Pecadores eran, en aquella época, los impíos, los descreídos, los paganos, los irreligiosos. Se trataba más bien de un incumplimiento externo de la Ley; bien porque no la conocían, bien porque pertenecían a grupos sociales que se consideraban por sí mismas reprobables, independientemente de la actitud de cada individuo. Los recaudadores (publicanos) eran considerados traidores a la alianza por colaborar con la ocupación romana.

  Tomado al pie de la letra, el relato no es creíble. Se trata de una simplificación de un proceso de acercamiento personal entre Jesús y Mateo. Jesús invita a formar parte de su grupo más próximo a Mateo, un "pecador". Al aceptar esa invitación, pasa a formar parte de la nueva comunidad de Jesús. La comida es signo del banquete mesiánico del que van a formar parte también los excluidos de Israel. Ni hay privilegiados ni se exige condición previa alguna. Sólo la adhesión a Jesús. El judaísmo oficial no puede aceptar esto. Jesús no comparte la idea farisaica de que ellos sean los justos y Mateo el pecador, pero argumenta desde esa posición. Dios no espera ceremonias cultuales, ni observancia escrupulosa de la Ley, sino misericordia y amor. Los "sanos" son los dirigentes que disfrutan de privilegios a costa del pueblo sencillo. Los "enfermos" son los que sufren la injusticia de los que se creen buenos. "Justos" son los que están satisfechos de sí mismos porque cumplen  la Ley. "Pecadores" son los que, insatisfechos de sí mismos, buscan la salvación en Jesús.

  Para Jesús "pecado" no era la trasgresión fría de una ley, sino una actitud que nace de lo más profundo de hombre. Es una esclavitud a la materia, que es consecuencia de un desenfoque de la realidad. Es fruto de la ignorancia y por lo tanto no lleva consigo una mala voluntad, sino un desconocimiento de la realidad, del hombre y de Dios. Por eso el pecador no era objeto de ningún rechazo por parte de Jesús, sino digno de compasión y necesitado de una enseñanza para que dejara de hacerse daño y pudiera alcanzar su plenitud. Las primeras comunidades cristianas pronto abandonaron esta compresión y entraron en una dinámica de rechazo del pecador como los fariseos. Es una pena que nosotros sigamos aferrados a la idea farisaica y hayamos olvidado la visión de Jesús.

  La aceptación de los pecadores es la enseñanza más desconcertante y escandalosa de Jesús. Llevamos dos mil años escuchándolo y aún no nos lo acabamos de creer. Para nada pensamos que Dios ama a los pecadores. Para nada creemos que les ama como tiene que amarnos a nosotros, que somos los justos. No nos lo creemos, porque no nos gusta. Este sentimiento es la mejor prueba de la superficialidad de nuestra religión. En vez de escuchar a Jesús nos escuchamos a nosotros mismos y hacemos a Dios a nuestra imagen: Bueno para los buenos y malo para los malos. Nuestro Dios sigue siendo el de los fariseos, que premia a los buenos y castiga a los malos. Para este viaje no necesitábamos alforjas.

  Recordemos que el perdón y la misericordia eran ya características de Dios en la religión judía. Lo que los fariseos critican a Jesús no es que proclame el perdón de Dios, sino que se pase por alto la necesidad de arrepentirse y de cumplir los requisitos que la Ley exigía para alcanzar ese perdón (Jesús acaba de decir al paralítico: "tus pecados están perdonados"). Lo intolerable para los fariseos, es que Jesús acoja a los "pecadores antes de convertirse y de pedir perdón. Una matización muy interesante. En el texto griego tanto la palabra