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IV Centenario del Tránsito de San Andrés Avelino

Por TEATINAS - 13 de Noviembre, 2007, 14:46, Categoría: General

Disponiéndonos a reavivar nuestra amistad de discípulos del Señor

(Carta a todos los miembros de la Familia Religiosa Teatina)

IV Centenario del Tránsito de San Andrés Avelino

Primera parte

"Introibo ad altare Dei"

1.- Muy queridos todos: Elevo al Señor mi agradecimiento por poder dirigirles unas modestas reflexiones acerca de la necesidad de reactualizar el carisma que el Espíritu Santo nos ha concedido. La celebración del IV Centenario del Tránsito al Cielo de nuestro hermano de profesión San Andrés Avelino (Nápoles, 10 de noviembre de 1608) es una extraordinaria ocasión para ello.

El testimonio de un Santo de tanto relieve irradia todavía hoy sobre la Iglesia de Dios. Aunque naturalmente más en particular sobre cuantos hemos heredado el encargo de llevar a cabo la "reforma in capite et in membris" del Pueblo Santo de Dios, los Clérigos Regulares Teatinos.

A cuatrocientos años vista la caminata espiritual, en continua e infatigable ascensión siempre, de San Andrés Avelino sigue siendo un estímulo. Hoy hace falta que nos propongamos decidirnos a andar a su manera, pues vivimos una época cansada y la rutina y el hastío llega a habituarnos a vivir de forma apagada nuestro carisma. Esta es la hora de peregrinar de nuevo, con esperanza, camino de nuestro ser fundante. La Orden está hoy requerida a recuperar aquel calor y aquel entusiasmo que caracterizaron nuestros orígenes. Con el tiempo se corre el peligro de que el ideal se destense y se pierda de vista la meta. Cuando esto ocurre se precisa revisar la hoja de ruta y ayudarnos unos a otros fraternalmente. Es de agradecer de verdad que un compañero nos diga con caridad: "Así no vamos bien, hace falta variar las tornas y tomar conciencia del porqué y el para qué nos quiso el Espíritu Santo en el corazón de la Iglesia: ser ministros de Dios santos, pobres, a la apostólica, en comunidad; dar testimonio del evangelio con claridad, levantar preguntas, remover tranquilidades. Nuestro carisma no es homologable a una existencia que sólo busca la satisfacción del bienestar, el orgullo, el honor, la autocomplaciencia. Por el contrario, supone una invitación del Señor a ser sus discípulos y a negarnos, por tanto, a nosotros mismos, cargando con la cruz".

Hubo una vez en que nuestros antepasados lo hicieron. Un día ellos apostaron decididamente por una vida así, y, gracias a su ejemplo, la Iglesia y el mundo iban reaccionando, y el Reino de Dios se extendía. Se pusieron a andar contra corriente sin excusarse en las circunstancias adversas que cundían alrededor. ¿Por qué nosotros no intentamos recuperar para hoy aquel estilo de ser y actuar?

Es en verdad de agradecer que uno de los nuestros nos diga todo esto y nos despabile y oriente. Los santos de la Orden siguen pendientes de nosotros, y a ellos hemos de volver la mirada y el corazón en horas de dificultad. En este año el Señor nos concede la oportunidad de fijarnos en San Andrés Avelino y tomarnos en serio sus recomendaciones y avisos.

2.- Organícense, a este propósito, encuentros y retiros espirituales, con la finalidad de adentrarnos en los escritos del Santo y examinarnos de espiritualidad teatina a la luz de su conducta y su manera de enfrentarse a los desafíos de su tiempo: cómo profundizar en la vida interior y en las relaciones fraternas; en la renuncia a las cosas temporales y el ejercicio del ministerio.

¿Cómo se reharán para el día de hoy los rasgos espirituales característicos que en la hora de nuestro nacimiento nos concedió el Espíritu? En la medida en que seamos capaces de entrar de lleno en el círculo de la intimidad afectuosa con el Señor y logrando que ésta sea cada vez más afectiva y vinculante. Mientras no lo consigamos, todo será dar palos al agua, y subsistir mal que bien, e ir poniendo parches sin ton ni son, o simple entretenimiento en proyectos e iniciativas transitorios. Lo esencial del Clérigo Regular Teatino es ser y sentirse "amigos" del Señor en comunión con otros hermanos. La amistad habla siempre de apertura, acogida e inclusión, así como de camino que se hace juntos.

Qué gran modelo de Clérigo Regular Teatino es San Andrés. La mejor manera de celebrar su memoria será la de aprestarnos a seguir sus huellas. Su vida y sus escritos nos dicen bien claro que tanto la profesión religiosa como la unción de manos nos convierten en los "amigos del Señor". Como Clérigos Regulares Teatinos no nos está permitido olvidar aquellas palabras del Maestro a sus discípulos en Jn 15, 15: "Ya no os llamo más siervos, porque un siervo no está al corriente de lo que hace su amo; os llamo amigos porque os he comunicado todo lo que he oído a mi Padre".

San Andrés Avelino llevó estas palabras de Jesús grabadas en el corazón toda su vida. Es el suyo un caso de amistad con el Señor fuera de serie. La lealtad con su vocación cristiana, religiosa y presbiteral al modo teatino fue generosamente desmedida. Insisto en la conveniencia de familiarizarnos cuanto nos sea posible con la vida y las enseñanzas de este gran santo.

Para ello nos servirá de mucho provecho leer, y rezar, la extraordinaria biografía del P. Antonio Veny Ballester: San Andrés Avelino, Clérigo Regular, Barcelona, 1962. Existen otras más breves para repartir durante el año a los fieles: a los componentes de la Familia Seglar Teatina, los jóvenes, los matrimonios, los padres y madres de familia, las personas mayores. Distribuyamos estampas, octavillas, trípticos. Hagamos memoria del Santo en nuestras casas y comunidades, en nuestras iglesias y en las parroquias encomendadas a nuestro cargo.

3.- Fue reveladora la manera cómo concluyó el recorrido de su vida. Una muerte la suya muy teatina. Ojalá a nosotros se nos dé terminar así. Ocurrió, como sabemos, el 10 de noviembre de 1608, día en que celebramos su fiesta. Bendecimos y alabamos al Señor por el hecho de que el Santo entrara en la liturgia celestial como ya quisiéramos hacerlo todos los presbíteros y hasta el mismísimo Papa. Cuanto más los teatinos. "Revestidos" de los ornamentos propios de la celebración de los Santos Misterios. Al cabo y al fin, ¿qué son los demás "ropajes"? Ni nos vienen a medida ni falta que hace. Lo mandado es ir "revestidos del Señor".

Nuestro Santo, como buen Clérigo Regular Teatino, se murió de misa. Contaba 87 años de edad, y se había pasado la mayor parte de ellos "subiendo hasta el altar del Señor": ¡Introibo ad altare Dei! Siempre dejando al corazón escalar las cumbres más altas. "Quien no aspira a ser mejor –escribió– no puede ser bueno". Aquella mañana de noviembre sentía cómo y cuánto le desbordaba la "amistad de discípulo del Señor", y, de tan repleto como estaba de intimidad con Él, la resurrección se le salió a borbotones por las rendijas del alma. Se cayó de bruces en el suelo de una de las capillas de nuestra Basílica de San Pablo el Mayor de Nápoles, y el Señor lo recogió en sus brazos. ¿Cómo no vamos a hacer de aquella capilla un lugar de peregrinación? Todas las casas de la Orden deberían mirar a la de Nápoles con especial veneración. Aparte de los restos de San Andrés, se conservan allí los del fundador y los de los Beatos Juan Marinoni y Pablo Burali D"Arezzo, amén de otros varios venerables miembros de la Congregación.

4.- Animo a los prepósitos de la Orden en ocasión del año jubilar a mostrar su solicitud por la Sacratísima Casa de San Pablo el Mayor. Toda ella está llena de ecos resonantes. Cuánta memoria teatina en cada rincón, en los patios, los corredores, las salas y las celdas. Sea esta casa meta permanente de peregrinaciones de nuestra familia religiosa, centro de encuentros y escuela de espiritualidad.

Tenemos necesidad de tocar las raíces de nuestro carisma para avivarlo y refortalecerlo. Cuando se deja de recordar, el futuro se esteriliza. La pérdida de la memoria es uno de los más amenazantes peligros que se ciernen encima de las generaciones actuales. Insisto, la Casa de Nápoles es, en cierto modo, la casa madre de la Orden. Nuestra condición de hijos nos obliga a tenerle devoción y cariño. ¿Cómo no vamos a hacer cuanto nos sea posible por visitarla con fervor y emoción?

"¡Introibo al altare Dei!". Debemos "entrar" en el ámbito sagrado en el que nuestros antepasados lo hicieron, dejándonos desbordar por el halo misterioso de la Eucaristía, el Sacramento que todo lo renueva. El "Sacramentum Caritatis" celebrado y adorado en profundidad constituye el medio por excelencia para consolidarnos como familia sobrenatural. El tiempo pasado, el tiempo presente y el tiempo futuro se abrazan en la Eucaristía. "Dime cómo celebras, y te diré qué clase de teatino eres". Somos ante todo y sobre todo celebrantes de los sagrados misterios de la salvación; no siervos adormilados y perezosos; o preocupados y ocupados en búsquedas individuales. "Cada vez que os reunáis haced esto en memoria mía" (Lc 22, 19), nos mandó el Señor. No debiera existir para nosotros gozo mayor que el de sentir que Jesús se nos pone delante y se parte y reparte como un pan de todos. Como tampoco hay reunión más importante en la que participar y animar a participar. Qué año tan oportuno para examinarnos de celebración.

Celebrar es viajar al centro del corazón, y que allí éste vibre sintiéndose vivificado por el Espíritu de Jesús; y se alegre y haga fiesta por cuanto Dios realiza en la liturgia a través de su Hijo en favor del hombre y del mundo. La creación entera canta en la Eucaristía porque el Señor Jesús toma en sus manos cada punta de nuestra sangre y la introduce en la eternidad. Todas las realidades de la vida se ponen en marcha hacia la salvación gracias a la celebración. Celebrar es abrir las cortinas del universo y el tiempo para constatar las maravillas que aguardan a todo hombre y mujer. Los presbíteros hemos recibido del Señor el encargo de "hacer esto en memoria suya". Constituye nuestra tarea más relevante.

5.- La Eucaristía no es un objeto, sino una fuente de amor. No encontraremos otro manantial de mayor transcendencia y significación. Sólo gracias a la Eucaristía es posible entrar en lo hondo de la realidad de todos nosotros y todos los demás. Los responsables del seguimiento de los candidatos a la vida teatina tienen el deber de insistir en ello. Nuestra Orden, para ser fiel a su identidad y así reformarse permanentemente para reformar al pueblo de Dios, precisa ser eminentemente eucarística. Como San Cayetano, San Andrés Avelino, San José María Tomasi. No lograremos reavivar nuestra amistad de discípulos del Señor y conseguir que el fuego del carisma que nos es propio en vez de apagarse se propague aquí y allá, si languidece en nosotros el fervor de la celebración eucarística.

Hace pocos meses el Papa Benedicto XVI nos regalaba su Exhortación apostólica postsinodal "Sacramentum Caritatis" (L"Osservatore Romano, 14 marzo 2007). En ella subraya el Santo Padre: "La Eucaristía es el centro vital de la Iglesia", "la fe de la Iglesia es esencialmente eucarística", "esta fe se alimenta de modo particular en la mesa de la Eucaristía", "la Santa Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo revelando el amor infinito de Dios para cada hombre", "la Eucaristía es el origen de toda forma de santidad".

Qué oportuno y extraordinario "vademecum" para nuestra peregrinación espiritual al nacedero de nuestro carisma puede resultarnos el documento pontificio acerca de la "fuente y el culmen de la vida y la misión de la Iglesia". Aconsejo leerlo y meditarlo con gran atención durante este año santo. Hemos de persuadirnos de que las energías que necesita la Orden para ponerse en el camino de su renovación, vendrá de la celebración. "¡Introibo ad altare Dei!". El calor de la amistad de discípulos del Señor está en el altar. Y la despensa de los panes de afecto y salvación que los hombres, nuestros hermanos, esperan que les repartamos. Prevalentemente somos los distribuidores de los santos misterios. ¿Cómo ocurre que nos demoramos tanto en otros lugares y tan escasamente en el altar o frente al altar antes y después de la misa?

6.- Todos los teatinos de la primera hora se distinguieron por su amor a la Eucaristía.

A San Andrés le contagió el Beato Juan Marinoni, y a éste el fundador. Bartolomé Stella, un amigo íntimo de San Cayetano, escribe el 12 de marzo de 1518 a la religiosa bresciana Sor Laura Mignani: "He conocido en Roma a un sacerdote vicentino que celebra la misa diariamente". Era, entonces, en efecto, para llevarse las manos a la cabeza. Aquella generación se descuidaba con perfecta naturalidad la celebración frecuente de la Eucaristía. Como mucho era sólo una rarísima devoción privada. San Carlos Borromeo al llegar a su diócesis de Milán, muy imbuido de "teatinerías", despertó el asombro de los curas y el pueblo que se preguntaban: "¿Qué pecados habrá cometido el Señor Cardenal para tener que decir la misa todos los días?".

De San Cayetano cuentan sus biógrafos que nada más ponerse ante el altar se deshacía en lágrimas de emoción y humildad. Les ocurría también a bastantes sacerdotes de aquel tiempo: San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri, San Juan Leonardi...

A San Andrés Avelino que nadie ni nada le impidiera celebrar. Se ponía a morir, y no podía recibir remedio alguno. ¿Cómo va a aguantar, pensaba, un sacerdote sin decir la Santa Misa? Todo nos viene de ella, y sin ella ¿qué sentido tiene lo que decimos que tiene sentido?

7.- Hoy en día nosotros sabemos de Liturgia muchas más cosas que San Andrés Avelino. Pero él "sabía" –de "sabor", delectación, vida vivida– lo que nosotros no, y así nos va. Nosotros estamos al cabo de la calle de las ceremonias, los ritos, los cantos, la asamblea, el alba, la casulla, los adornos del altar..., él se sentía lleno de veneración y enamoramiento. En tanto nosotros nos quedamos, tal vez, en el automatismo sacramental o en la solemnidad exterior, él iba más adentro y se hacía consciente de que la Eucaristía es la fuente a la que acudir para apagar la sed de amor, el lugar de la recreación espiritual, el alimento de la afectividad de discípulos del Señor.

"La Eucaristía –recuerda el Papa Benedicto XVI– es el origen de toda forma de santidad". ¿De dónde tiene que brotarnos, pues, nuestra santidad de teatinos? De la celebración emocionada del Santísimo Sacramento. He aquí algunos avisos del Padre Andrés Avelino acerca de la Eucaristía: "En las circunstancias en que se siente aridez espiritual hay que correr apresurados a la fuente de la Eucaristía". "En los momentos de falta de fervor es preciso caldearse en el Sacramento del amor". "Cuando escasea la devoción se precisa acudir a la Eucaristía, pues de la devoción procede la devoción". Abriendo su corazón preocupado al constatar que o no se celebraba o se hacía sin fervor, confesará: "No salgo de mi estupor al pensar cuántos cristianos, y especialmente cuántos sacerdotes, no se derriten de amor en la celebración de la Eucaristía" (Antonio Veny, pág. 472).

8.- He aquí lo que escribe sobre los efectos que produce el Santo Sacramento:

"Vuelve manso en la corrección, incansable en el trabajo, paciente en las contrariedades, ardiente en el amor de Dios, cauto en las tentaciones, pronto en la obediencia, avisado en la conducta, devoto en la oración. De soberbio, lo hace humilde; de codicioso, liberal y menospreciador de lo terreno; de lascivo, lo vuelve casto; de iracundo, apacible; de envidioso, caritativo; de glotón, sobrio; de perezoso, diligente" (Antonio Veny, pág. 478).

Cómo no vamos a ser asiduos celebrantes de la Eucaristía. ¿Estamos dispuestos a andar por el camino que el Espíritu ha abierto delante de nosotros? ¿Queremos dejar de lado los obstáculos que nos impiden hacerlo? ¿Abandonar nuestras excusas y perezas? ¿Lograr que la Orden se convierta en una Comunión de casas que sean hogares de reforma y de ilusión, de clara alegría, de observancia fiel, de transparente esperanza? Hemos de fijarnos en el testimonio de San Andrés, y seguirlo. Es la ocasión. No nos importen los tiempos que actualmente vivimos. Escribió el P. Antonio Oliver: "El juicio sobre los tiempos, los hechos y las personas es provisional siempre: No es cierto que los días de zozobra y titubeo sean estériles; no es cierto que los días de esplendor sean los mejores" (Los Teatinos, Madrid, 1991, pág. 14).

¿Tenemos la impresión y hasta incluso el convencimiento de que la época presente es de zozobra y titubeo? Fiémonos entonces de los consejos de San Andrés: partamos de la Eucaristía. Su celebración fervientemente gozosa y despaciosamente paladeada nos pondrá en el camino y nos cambiará a todos en profundidad.

9.- Según las palabras y el ejemplo de vida de San Andrés, al verdadero sitio teatino se va pronunciando de manera convencida las palabras "Introibo ad altare Dei".

"¡Introibo!". "Entrar", o "subir". Nuestro carisma se verifica y se muestra en el fiel y progresivo entrar o ascender a lo Santo. Todo lo demás carece de interés. Si somos capaces de convertirnos en auténticos celebrantes de los Santos Misterios, aunque los tiempos actuales sean de gran precariedad, sepamos que Dios nos concederá seguir adelante. La Eucaristía –dice San Andrés– vuelve manso, incansable, ardiente, humilde, casto, caritativo, sobrio, diligente...

La verdad es que él es un buen guía de camino. En sus tiempos lo fue. Hace falta que nos encontremos con él, y este año nos depara la gran ocasión. El 7 de julio de 1590 el P. Juan Bautista Milani, primer General de la Orden, escribía al P. Andrés, que residía en San Pablo de Nápoles: "Urge nombrar Visitador, y es necesario hallar a la persona en la que concurran dotes de diligencia, celo por el honor de Dios y amor a la observancia religiosa, que se requieren para un cargo de tanta responsabilidad. Y yo no alcanzo a encontrar candidato más apto que usted, que puede y sabe, con el ejemplo y la palabra, edificar a la congregación y ayudar y dirigir a los religiosos, sus hermanos" (A. Veny, pág. 331).

Propongo que celebremos este año como si se tratara de un año de Visita Canónica general a todas las Provincias y Casas de la Orden, y el Visitador fuese el P. Andrés Avelino. Ojalá lo acojamos con sumo interés y gran capacidad para aceptar sus correcciones y sugerencias. Él es un extraordinario maestro de teatinidad, un exponente de la fundamentalidad de nuestro carisma, y hoy, como sabemos, necesitamos de maestros y testigos así.

He aquí sus cartas de presentación escritas por el P. Juan Bautista Castaldo (Vita del P.D.D. Andrea Avellino, Nápoles, 1733; P. Antonio Veny, págs. 116 y 155): "Había asimilado de tal manera el espíritu de nuestra Congregación, que, una vez nombrado maestro de novicios, se entregó con tal empeño a su tarea que demostraba estar absolutamente convencido de un dicho que a menudo repetía: la suerte de las congregaciones religiosas, su futuro o su ruina se juega en el noviciado. Con exhortaciones y con el luminoso ejemplo de su vida infundía la teoría y la práctica de la virtud... Dos eran los goznes de su enseñanza: la oración mental y la devoción a María. La oración era el primero y más importante. A los formandos enseñaba el camino del dominio de sí y de la mortificación, les hacía amar la sencillez de la pobreza en el uso de las cosas de la comunidad, en el vestido propio, en la habitación. Les mostraba el arte de saber vivir con poco y prescindir de las cosas. Les inculcaba la necesidad de huir del ocio, de las conversaciones inútiles, de las falsas apariencias...".

"¡Introibo ad altare Dei!" ¡San Andrés Avelino, ruega por nosotros!

Segunda parte

"Deseosos de servir a Dios con mayor sosiego espiritual"

10. El testimonio de una vida tan totalmente teatina como la de San Andrés Avelino es una invitación de Dios a reorientar nuestro camino en la ruta que dispuso el Espíritu.

Tenemos por delante un año para examinarnos de teatinidad. Seamos humildes y realistas al hacerlo; y llenos de esperanza confiemos en la ayuda de la Divina Providencia. Todo es posible para quienes ponen en ella el corazón, y siempre es hora de comenzar de nuevo. Nuestro santo nos recuerda que hay un estilo teatino de ser, un modo de vida que nos caracteriza y distingue: ponernos a expensas del Padre, comportarnos como hijos, crear comunión alrededor y hacer un uso de las cosas sabiendo que todo es secundario menos el Reino...

11.- La Orden surgió en la Iglesia con la misión de animar a ésta a volver, en un tiempo de gran destemplanza, al calor del fuego hogareño de las primeras comunidades cristianas. Es la dimensión que constituye la médula de nuestra espiritualidad y la que impactó fuertemente al sacerdote de Castronuovo, don Lanceloto Avelino, en su primer contacto con la Orden.

Vivir al modo apostólico es el nervio del teatino, y el eje que ha de mover cuanto somos y hacemos. Está expresado diáfanamente en los primeros párrafos de nuestras Constituciones: "La vida fraterna en común, por la que todos, lo mismo clérigos que laicos, nos unimos en Cristo como una familia peculiar, ha de estar de tal manera impregnada de caridad que, habitando unius moris en una casa, nos hagamos imitadores de aquellos de quienes se lee: tenían un solo corazón y un alma sola, y de nuestros fundadores que determinaron llevar esta vida apostólica".

Decir "vida apostólica" es decir comunión de discípulos para la Misión, o lo que es lo mismo: para obedecer el encargo de Jesús de ir allá donde se nos envíe para generar fraternidad y así construir Reino. "Quaerite primum Regnum Dei" es la contraseña de familia. Lo esencial de la espiritualidad de la Orden se escribe con la palabra "vincularidad" o "koinonia", el término más venerado de aquellas comunidades que fueron progresivamente fundando los apóstoles, y que encendió la chispa de la reacción de San Cayetano. Movido por el Espíritu, nuestro fundador se propuso que el clero de su tiempo descubriera la necesidad de reavivar su "amistad de discípulos del Señor" y le colocó delante un pobre y pequeño grupo de clérigos que querían "renovar" la Iglesia "renovándose".

¿Queremos continuar siendo hoy en día aquella "familia peculiar" puesta en marcha por San Cayetano? Precisamos esforzarnos en tener "un solo corazón y un alma sola", cuidar celosamente la vincularidad, la comunión, la koinonia. Únicamente logrando que nuestras casas sean comunidades de "discípulos del Señor" podremos decir que somos "teatinos". No ha de conformarnos que la Orden pueda presentar una "historia vivida": escuela de santos, seminario de obispos... Precisamos vivir una "nueva historia", y el camino es irnos convirtiendo en "expertos en comunión fraterna", clérigos clérigos, religiosos religiosos. Sin camuflajes. Sin dejarnos intoxicar por la cultura en boga.

12.- No sabemos cómo será el pasado mañana de la Orden ni cómo se presentarán el mundo y la Iglesia. Tal como todo se está poniendo nos encontramos confusos: el enfriamiento religioso general, el relativismo cada día más corrosivo, la juventud tan herida que está llegando, el descuido sistemático de las relaciones interpersonales profundas... Muchos de los planteamientos de formación y tantos proyectos pastorales, que hasta ahora mismo nos servían, actualmente parecen tener fecha de caducidad.

Mas no hemos de asustarnos. Saldremos adelante si cuidamos esmeradamente la experiencia de vida fraterna en comunión y nuestra amistad de discípulos del Señor. Si éstas se mantienen vibrantes, cálidas y gozosas, continuará vivo el espíritu de San Cayetano y de todos cuantos, como San Andrés Avelino, vivieron, erre que erre, generando vínculos fraternales con modestia, con sacrificio, casi sin hacerse notar.

La regeneración de la Orden no vendrá por otros derroteros. Velar por la vincularidad es el primer gran compromiso de todos: Prepósitos, maestros de novicios, formadores...

La celebración del año aveliniano ha de llevarnos a restaurar los cimientos del ser lo que ya somos por definición y carisma: vivir el ministerio ordenado llevándolo hasta sus últimas consecuencias. ¡Como "co-presbíteros"! ¿Individualismos clericales cuando resulta que por profesión nos encontramos viviendo en una casa "unius moris"? Nada de eso.

13.- Los teatinos por vocación tenemos la misión de visibilizar ante los demás presbíteros que provenimos del grupo de los setenta, señalado por el evangelista Lucas: El Señor envió a setenta discípulos de "dos en dos" a construir el Reino repletos de pobreza y renuncia, de abnegación y generosidad, y abarrotados de paz. Así es como se inició la andadura de la Orden, y así es como hemos nosotros de continuar. Otra forma sería una contradicción "in terminis", un mentís a la "denominación de origen".

Los tres votos sustanciales propios de la vida religiosa que el grupo de clérigos nacidos de la inspiración de San Cayetano añadió a la vida clerical tenían como objetivo hacer a ésta más consecuente, más efectiva y más afectiva; explicitar la fraternidad y dejar de lado cuanto impide una adhesión total a la persona del Maestro.

¿Cómo se sigue con absoluta fidelidad a Jesucristo? Haciendo lo posible por ser libres de todo y frente a todo. Dicho de otro modo: cargando cada quien con su propia cruz e identificándose en comunidad con el Señor. No es posible ir creciendo en la relación íntima y comunitaria con él de espaldas a la cruz. O la vida clerical es vida crucificada o no es vida clerical. La cruz es la fuente de la afectividad de discípulos. Es la concreción y la evidencia surgidas de la profesión de vida consagrada que los primeros teatinos se propusieron. Cada uno de ellos estaba convencido que la "reforma" integral no vendría por otros cauces.

14. El Clero, comenzando por la Cabeza y siguiendo por todos los demás eclesiásticos, en tiempos de San Cayetano se había convertido en una clase de funcionarios o ejecutivos de ceremonias sin alma. Aquellos Clérigos Regulares Teatinos, puestos en camino para el bien de la Iglesia el día 14 de septiembre de 1524, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, abrazados al madero redentor se propusieron ser libres. La cruz desnuda, que estos "nuevos clérigos" adoptaron como el escudo de armas de familia, significaba libertad: Sólo dependerían del Señor y de la caridad para con los otros hermanos de congregación, laicos o clérigos. Una manera de expresar que, en efecto, estaban "deseosos de servir a Dios con mayor sosiego espiritual".

"Deseosos", "cupientes", en latín. Una palabra que habla de sentir, en el corazón, una atracción intensa. El "deseando servir a Dios" remite al hecho del desconcierto y la seducción: quedarse desconcertados ante una vida entregada como la de Jesús mientras se va abriendo en el interior un mundo inimaginable de gozo que se disfruta más y más según se avanza en el contacto personal con él a través de la celebración de la Eucaristía, la renuncia a cuanto sofoca el tic-tac del corazón, la abnegación, el sacrificio, la comunión fraterna, la búsqueda absoluta del Reino de Dios, la confianza en la Providencia.

15.- Fue así como se dispusieron a llevar a cabo la reforma "in capite et in membris" de la Iglesia: Enamorados de la Cruz que ellos cargaron encima de sí por la profesión de votos de la vida religiosa, descubrieron que lo mandado era decidirse a ser clérigos pobres, clérigos en obediencia, clérigos cuyo corazón, indiviso, sólo fuese pertenencia del Señor. ¿Cómo es posible una vida así? Sólo si existe una espiritualidad afectiva. Sólo si los votos se convierten en medio y ocasión de amor. La espiritualidad de la cruz pertenece a la entraña del carisma teatino.

Lo entendió perfectamente San Andrés Avelino. Dios quiera que en este año de gracia también nosotros lo entendamos y nos esforcemos en volver a ser los "Clérigos de la Cruz". En modo alguno volveremos a serlo dejándonos seducir por la cultura actual que sólo busca comodidad y rechaza todo sacrificio. ¿Qué pensarían de nosotros los teatinos de la primera hora si vinieran a convivir en cualquiera de las casas y comunidades de la Orden algunos días?

Sería, por eso, conveniente proponernos a lo largo del presente año mirar a la cruz salvadora, mirarla teatinamente. ¿De qué nos sirve mostrarla en los "logos" y membretes de las cartas oficiales, las publicaciones y las revistas, los pins, las camisetas deportivas de los muchachos de nuestros grupos de referencia? Hemos de mirarla todos y cada uno desde lo más adentro del carisma que nos define y enlaza a fin de que el Señor, ojalá, nos conceda la gracia de recuperar aquella impronta primera que caracterizó desde los orígenes a la Orden.

Sabemos que su presencia y actuación en la Iglesia un día supuso una "novedad". Nuestros hermanos del pasado abrieron un boquete de luz en el ambiente oscuro de su tiempo. Andaba entonces todo muy entenebrecido, como sabemos. La mayor parte del Clero vivía obsesionado por los bienes temporales y la existencia cómoda. Carecía de piedad. Se encontraba a grandísima distancia de seguir apasionadamente al Cristo del evangelio, el Señor de la Cruz, el Jesús que fue capaz de entregar su vida para la salvación del hombre. La presencia y la actuación de los primeros teatinos hizo que poco a poco aquella atmósfera de paganización general fuera cambiando. Progresivamente la Iglesia se presentaba ante el mundo más limpia, más luminosa, y en consecuencia más fiel al proyecto de Jesús: los clérigos comenzaron a orar con mayor fervor, a celebrar con frecuencia la Eucaristía, a renunciar a prebendas y beneficios...

Sabemos que a quienes se decidieron a vivir así, la gente les llamó, sin más, "teatinos".

¿No tiene esto mucho que decirnos a nosotros hoy? Naturalmente que sí. Y tiene que incentivarnos. No nos es lícito vivir de viejas glorias mientras nuestras casas y comunidades aguantan, como si tal, tan indiferentemente "risueñas", lejos del ideal primero. Provenimos de aquella carga explosiva que lamentablemente, por las razones o causas que sean, hemos desactivado. Precisamos volver a colocarnos en los lugares por donde sopla el Viento del Espíritu, y desatascar muchas tuberías por las que las que sigue aún circulando la corriente de la gracia. Es posible todavía, si nos lo proponemos todos y cada uno, transformar a la Orden de arriba a abajo. Hemos de conseguirlo viviendo "teatinamente". ¡A lo San Andrés Avelino!

Cuando él llegó desde su pueblo natal de Castronuovo a Nápoles en octubre de 1547, no se anduvo con reparos ni remilgo alguno. Se dispuso con todo entusiasmo y toda exageración a vivir "teatinamente". Es justamente esta exageración y este entusiasmo lo que hemos de celebrar a lo largo de todo el presente año santo aveliniano.

16.- Conmueve y desconcierta hasta dejarnos perplejos asomarnos a la vida de San Andrés Avelino. Nos quedamos sin palabras. Y probablemente nos acuden en tropel de manera inmediata un sin cúmulo de excusas: que en la actualidad los modos y costumbres han variado; que los esquemas mentales son otros; que no hay por qué exagerar tanto... No sirve, queridos hermanos, escondernos dentro de tales razonamientos. El evangelio continúa siendo un toque de rebato. La invitación de Jesús a sus discípulos a vivir el ministerio sigue apremiando: "Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío" (Lc 14, 26-27). ¡La Cruz! Sin ella no hay teatinidad. No llevaremos hasta las últimas consecuencias la amistad de discípulos del Señor, concretada en nuestra peculiar forma de vida hecha a base de la profesión religiosa y la imposición de manos, expresada en el "deseo de servir al Señor con mayor sosiego espiritual", pretendiendo agenciarnos una existencia sin renuncias y sacrificios.

Una existencia carcomida por la alergia a la cruz lleva tarde o temprano a vivir el ministerio y la profesión de una manera fría. La afectividad sobrenatural desaparece, y nos habituamos a subsistir de forma mediocre, y sin comunión, y, por consiguiente, apagando la profecía.

Meditemos en unas recientes sugerencias del Papa Benedicto XVI: "Hay que volver nuestra mirada a Cristo Crucificado, quien muerto en el Calvario nos ha revelado plenamente el amor de Dios... En la Cruz se manifiesta el Eros de Dios por nosotros... El Eros forma parte del corazón de Dios... El aguarda el sí de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa" (L"Osservatore Romano, 15 de febrero, 2007).

17.- Sería conveniente, por tanto, repito, proponernos a lo largo del presente año jubilar mirar a la Cruz como fuente de afectividad teatina. San Andrés Avelino es un buen guía de camino. Ya conocemos la meta: reavivar en cada uno de nosotros la relación personal con el Señor. Es ciertamente una gracia imponderable el hecho, inmerecido, inmenso, impensable, que el Señor un día quisiera invitarnos a ser "amigos" suyos. Supone de parte nuestra estar de manera progresiva respondiéndole siempre con generosidad, con la escucha apasionada de sus palabras y la encarnación de cada una de ellas en nuestras vidas... Nos convendría recordar a menudo las recomendaciones de San Pablo a su discípulo Timoteo: "Reaviva el don de Dios que recibiste con la unción de manos...; no te avergüences de dar testimonio de Dios nuestro Señor...; sufre por el evangelio, con la fuerza de Dios: él nos salvó y nos llamó a una vida consagrada" (2 Tim 1, 6-9).

18.- Nuestra vida es "vida consagrada". Toda de Dios, en Dios y para Dios. No pertenece a otra forma cualquiera más de vivir, aunque ésta sea noble y excelente. Como el encargo que se nos pone en las manos no es un simple trabajo por horas. Ni lleva consigo un "modus vivendis" o un cierto desclasamiento. Ni es consecuencia de unas oposiciones o de un tiempo por el que nos vemos obligados a pasar y que, una vez concluido, tenemos todos los derechos, valga por caso, a que se nos admita a la profesión solemne o al acceso a las Órdenes Sagradas. Es "vida consagrada" porque ha surgido de la predilección del Señor. El nos ha dicho: "Ven", y nosotros, balbuceando, hemos respondido: "Aquí estoy", y se ha originado esta "amistad de discípulos" que se caracteriza, entre otras cosas, por ser inclusiva.

Aquellos que la Providencia de Dios nuestro Señor ha previsto que formen con nosotros esta casa y esta comunidad de la Orden son también "amigos del Señor" y, como suele decirse, "los amigos de mis amigos son mis amigos". Tal verdad es mucho más verdadera que en la vida ordinaria en la vida religiosa y sacerdotal. De ahí la exigencia evangélica de ayudarnos mutuamente a reavivar todos los días nuestra relación con el Señor. No puede dejarnos indiferentes el que el otro no sea cada día más fiel a la vocación, o se despreocupe de la pertenencia a la Orden. La salud espiritual de ésta incumbe a todos.

A este propósito escribía así Avelino a una religiosa: "Grande por demás es la vocación religiosa. Yo la estimo mayor bien que la posesión del mundo entero. En cuanto a mí, le aseguro que, por la posesión del mundo entero, no abandonaría la Congregación" (Cartas, vol. II, pág. 324; citado por A. Veny, pág. 433).

A un joven teatino confiesa: "No cesaré de rogar al Señor por usted, porque yo amo a nuestra Congregación más que a mí mismo. Por esta misma razón he amado siempre más que a mí mismo a todos los Padres y Hermanos que han sido y son miembros útiles de nuestra Religión, fatigándose en leer, predicar, oír confesiones, y en otras obras de caridad, para gloria de Dios y bien de las almas y para provecho y honor de nuestra Congregación" (Veny, pág. 436).

Dios quisiera concedernos, durante este año de celebraciones, la gracia del "affectus collegialis". ¿Tiene algún sentido atrancar las puertas del corazón pretendiendo al mismo tiempo vivir como teatino? Recorriendo tras las huellas de San Andrés Avelino descubriremos que lo obligado es hacer lo contrario.

Tercera parte

Tras las huellas de San Andrés Avelino

19.- Invito a toda nuestra Familia religiosa a celebrar con el mayor empeño el  presente año jubilar. Todos hemos de interesarnos: el Consejo General, los Prepósitos provinciales y sus respectivos Consejos, los Prepósitos locales, los formadores y los maestros de novicios; igualmente éstos, los juniores y los presbíteros jóvenes. También nuestras muy entrañables hermanas las Religiosas Teatinas, cuya fundadora, la Venerable Madre Sor Úrsula Benincasa, era como el Santo tan napolitana y popular.

El año 2007-2008 es un año para todos nuestros movimientos juveniles; la Familia Seglar Teatina entera; los grupos de la tercera edad; los familiares y amigos; y aquellos hermanos presbíteros con quienes trabajamos conjuntamente en el quehacer pastoral.

San Andrés Avelino fue todo un hombre de Iglesia. No había nadie que no tuviera cabida en su corazón: los hermanos coadjutores y quienes habían comenzado a iniciar su andadura en la Orden; los padres nuevos y los padres ya avanzados en años; quienes habían sido elegidos obispos; las damas principales y sus señores esposos; la gente de gobierno; los pobres hombres que llevaban mala vida; y los pendencieros que no dudaron en hacerlo daño, cubrirle de calumnias, tenderle trampas.

Era muy teatina el alma de este teatino excepcional, que se nos presenta como un clarísimo ejemplo a cuantos estamos llamados a ser "los amigos del Señor". La imponente forma de vida que quiso y supo desarrollar, su desmedida capacidad de sacrificio, su extrema pobreza, su obediencia cordial, la cristalina pureza de su virtud, su caridad fraterna y su veneración por la eucaristía de la que todo le venía y todo le llevaba como el único principio y el único destino de la vida cristiana, hacen de él un guía de camino seguro para todos nosotros. No haya, pues, nadie, insisto, en esta Familia Religiosa que es la suya y a la que él amó "más que a la propia madre", que se quede sin arrimar el hombro a las fiestas del Cuarto Centenario de su muerte. Aunque sea muy modestamente vamos a celebrarlo lo mejor que podamos. Sugiero que tales celebraciones sean las que se corresponden a una verdadera peregrinación espiritual. No deben bastarnos los actos exteriores.

20.- Organicemos peregrinaciones a la Casa de Nápoles. En ella transcurrió la mayor parte de su vida el santo. Podemos recorrer con el alma de rodillas sus patios y galerías; visitar la celda tan austera y modesta que aún, a Dios gracias, se conserva todavía; y venerar sus restos en la Basílica. Mas todo ello, sin embargo, no es lo importante. Lo que realmente interesa es que lo "recordemos" y se nos meta en el corazón, y éste se deshiele.

Peregrinar espiritualmente a la "memoria" de San Andrés Avelino, cosa que todos podemos hacer aun sin movernos de casa, es permitir que su manera de ser teatino sacuda nuestras desmotivaciones y desencantos, nuestra probable y preocupante falta de vida interior, nuestras eucaristías desanimadas, nuestra desatención a los otros, esa carencia de valores sólidos que estamos padeciendo y la anestesia del bienestar que nos insensibiliza la afectividad sobrenatural.

No son hada halagüeños los tiempos que nos ha correspondido vivir hoy. Se están volcando encima del cristianismo imponderables desafíos.

En nuestras mismas casas y comunidades se está introduciendo, digamos, una forma de pensar y sentir que es poco evangélica, poco religiosa y poco sacerdotal. Precisamos decirnos: se acabó, vamos a comenzar de nuevo, siempre es hora de la gracia, siempre es tiempo de misericordia. Y por consiguiente de esperanza y de decisiones fuertes, de gran rigor y muchísima osadía.

Las circunstancias en los tiempos de San Andrés Avelino tampoco era nada fáciles. El mundo y la Iglesia se encontraban delante de un cruce de caminos que exigía mucha valentía. El siglo XVI fue un siglo difícil, pero fue el siglo glorioso de la Orden. Aquella casa de Nápoles está "habitada" de una memoria emocionante. Todos los padres y hermanos que integraban la comunidad teatina de San Pablo el Mayor se sabían y sentían "amigos del Señor": su corazón ardía, y vivían y se desvivían por echarse una mano unos a otros, y se preocupaban y ocupaban celosamente en la selección y la formación de los candidatos a la Orden, y se ayudaban entre sí a crecer en santidad, y oraban de verdad, y celebraban fervorosamente los sacramentos, y su testimonio impactaba alrededor.

Peregrinar espiritualmente a la Casa de Nápoles durante el presente año significa adentrarnos en la atmósfera de exigencia de santidad que conlleva fundamentalmente el carisma teatino. No es de recibo que nuestro corazón no vibre por el sentido de pertenencia a la Orden y que cada quien, por el contrario, se busque sus refugios privados. Cuántas gracias puede traernos la peregrinación espiritual a nuestra Sacrosanta Casa de Nápoles.

21.- Nuestra Orden apenas recién nacida se hizo presente en aquella ciudad. Era allá por el año 1533. Los primeros teatinos que llevaron a Nápoles el nuevo aire que requería la Iglesia fueron nada más y nada menos que San Cayetano y el Beato Juan Marinoni. A base de sacrificios y renuncias, de decidida confianza en la Providencia Divina, de humildad, de celebración eucarística ferviente, de seguimiento en verdad crucificado del Señor, de afecto fraterno a rajatabla, la comunidad fue creciendo por dentro y por fuera con el tiempo.

No estaban, naturalmente, redactadas aún las Constituciones, qué falta hacía. Donde abunda el amor no se necesitan normas y reglas. Pero aquellos Clérigos Regulares Teatinos cumplían al pie de la letra el espíritu de las primeras fraternidades cristianas tal como refiere el Libro de los Hechos de los Apóstoles (2, 42-47): Que todo el mundo estaba impresionado porque vivían unidos y lo tenían todo en común; y eran unánimes en la oración y la fracción del pan; y estaban muy bien vistos por el pueblo...

Los años de Nápoles fueron extraordinarios y teatinamente fecundos. La manera "nueva" de vivir por parte de Cayetano Thiene y Juan Marinoni y quienes después se les fueron agregando, resultó un revulsivo para el clero y el pueblo. El 7 de agosto de 1547 entrega su alma a Dios el fundador y recibe su antorcha el Padre Marinoni, quien solía repetir esta máxima: "El edificio de una vida como la nuestra se sostiene sobre cuatro pilares: la humildad, la paciencia, el espíritu de sacrificio y la caridad". No era nada de extraño que surgieran vocaciones. No hacía falta ningunas programaciones especiales: carteles a la entrada de la iglesia, dípticos, anuncios de cursillos para jóvenes en edad de discernir su opción de vida... La mejor forma de atraer era su forma de orar, de celebrar la misa, y de quererse...

22. Es lo que le aconteció al joven sacerdote de Castronuovo Don Lanceloto Avelino, quien luego cambiará su nombre por el de Andrés. Hacía apenas unos meses de la muerte de San Cayetano en el momento de él recalar en Nápoles. Qué impacto tan fuerte le produjo en el corazón el testimonio de vida de aquellos sacerdotes "nuevos". El los observaba despacio. Se admiraba de su sencillez. Le impresionaba su bondad, su silencio recogido, el rezo en el coro, su acogida... El venía del pueblo, y no conocía todavía el mundo. Cuando San Cayetano el día 14 de septiembre de 1524 –¡bajo el signo de la cruz!– fundó la Compañía de Clérigos Regulares Avelino contaba apenas un año de edad. Fue creciendo en un ambiente familiar muy cristiano bajo la guía de sus padres y el tío arcipreste Don César Appelli. Supo pronto muy bien adónde tenía que ir y cómo hacerlo, o quizás no. La vida es un misterio. ¿Seguir la carrera eclesiástica? Sea. Y resulta que a poco de recibir la unción de manos por parte del obispo diocesano se dispuso a desplazarse a Nápoles donde estudiaría Derecho. Mejor que mejor, porque nunca se sabe.

La Divina Providencia, sin embargo, le hizo encontrarse con el Prepósito de los teatinos de Nápoles, el Padre Juan Marinoni, y se operó un cambio en su vida. Aquella tan profunda relación amistosa y de dirección espiritual con el teatino fructificó en un hondo deseo de "servir a Dios con mayor sosiego espiritual". Cosas, sin duda, de la afectividad teatina, del enamoramiento de la cruz y de la relación de discípulos del Señor vivida desde la comunión fraterna. Todo, en efecto, muy diferente del modo entonces de la mayoría de los eclesiásticos. De ahí que después de unos pocos meses de postulantado comience el 30 de noviembre de 1556 el año de probación cambiando su nombre de pila por el del apóstol Andrés. Natural. Inició su andadura teatina mirando a la Cruz –recordemos: ¡el Eros de Dios!–. No tiene, por tanto, nada de extraño que añadiera a los tres votos de la vida consagrada un cuarto: el de avanzar cada día en virtud. Así se mantuvo hasta el día 10 de noviembre de 1608 cuando pronunciando las palabras del Salmo "Introibo ad altare Dei" cayó en el suelo fulminado de resurrección.

23.- En este año se cumplen cuatro siglos de aquella fecha, y está muy bien que lo queramos celebrar. Invito a que todas las casas y comunidades de la Orden elaboren un programa de actos, y se haga en los noviciados y seminarios de manera que nuestros jóvenes puedan durante el año irse imbuyendo del talante de un tan extraordinario director espiritual. Sabemos que fue un formador sensible, responsable y dedicado con toda su alma a una tarea más que fundamental. Hoy es difícil esta tarea. De llevarla adelante como corresponde depende el futuro de la Orden.

San Andrés era enormemente riguroso en preparar bien la profesión y el acceso a las sagradas órdenes de cuantos solicitaban ser teatinos. No todo el mundo vale, y no porque hoy en día suframos una pertinaz sequía vocacional hemos de permitir la entrada a cualquiera. Luego se presentan problemas que cuesta muchísimo resolver. Durante el año jubilar la memoria de San Andrés Avelino ha de movilizar a formadores y formandos. Aprovechemos sus cartas y tratados de devoción. Estudiemos su figura. Los indicadores de camino que él ofreciera entonces siguen teniendo actualidad.

Piénsese también en las iglesias puestas a nuestro cargo en elaborar una serie de actos celebrativos a fin de que nuestros movimientos juveniles tengan ocasión de sorprenderse ante la radicalidad exagerada de un santo que de entrada asusta. Las nuevas generaciones creyentes necesitan ser espoleadas. Se echan a caminar detrás de los abnegados. De los líderes que les convencen más con la vida que con las palabras. San Andrés Avelino es de esta raza. Por parte de los padres que cuidan la pastoral anímese a los chicos y chicas que frecuentan las parroquias teatinas a tener encuentros de oración manejando textos del santo.

Hágase igual con los demás grupos parroquiales: los que preparan la liturgia, cáritas, vida ascendente, matrimonios, catequistas... Nos dará mucho juego San Andrés. Podemos presentarlo también como abogado frente a la muerte imprevista, los accidentes de tráfico.

También a nuestras hermanas religiosas tiene muchísimo que enseñarle el santo. Lo primero que le encargó el Prelado de la diócesis de Nápoles, que era el Obispo teatino Don Juan Pedro Carafa, después Papa con el nombre de Paulo IV, fue la reforma de un monasterio de monjas que estaba yendo como un barco maltrecho a la deriva. San Andrés Avelino logró llevarlo a puerto. Casi le cuesta la vida, pero es igual.

Cuarta parte

Algunas indicaciones de camino

para una peregrinación espiritual

24.- Desde la celebración de la Eucaristía de este 10 de noviembre hasta la de la misma fecha del 2008 se abre delante de todos un camino de oración. También de palabras salidas del corazón. Y, como ha dicho alguien, una palabra que brota del interior proporciona el calor suficiente para varios inviernos.

Sabemos que el actual es tiempo de inclemencia. Se nos está metiendo en los huesos un frío tremendo. El personal de hoy en día carece de cordialidad, y se arrima, por eso, a cualquier lumbrecita que ve encendida; aunque perciba de antemano que, después, continuará tiritando más y más.

¿Hace falta decir que incluso dentro de la Orden estamos, en cierto modo, amenazados de un crudo invierno? Habrá, pues, que aprestarnos a peregrinar a los lugares cálidos. El Padre Andrés Avelino nos señala la dirección. "¡Qué lástima del fuego que no quema!", se quejaba, en tiempos de nuestro hombre, otro gran santo, el español Juan de Ávila. No olvidemos que los teatinos nacimos para remover las brasas de las primeras fraternidades cristianas. ¿No fue precisamente esta misión lo que de la Orden atrajo a Andrés Avelino a entrar a formar parte de nuestra Compañía? Indudablemente sí. Y se dispuso a echarle más leña al fuego. Dice Hervey Cox en su libro La fiesta de los locos: "una religión que no arde no es religión".

¿Cómo es la vida de cada uno de nosotros? ¿Cómo la de cada comunidad? ¿La de nuestros noviciados y casas de formación? ¿La de las parroquias puestas a nuestro cargo? Vamos a ayudarnos mutuamente a reencender el corazón, a reforzar las relaciones propias de una verdadera vida fraterna en común, a ejercitar nuestro ministerio envuelto todo él en llamas de auténtico fervor. Vamos a esforzarnos a redescubrir la manera de servir en la Iglesia según el carisma que nos ha sido confiado.

En los escritos y en la vida de San Andrés Avelino podemos encontrar las indicaciones de camino que necesitamos: una profunda aproximación a la Virgen María, Madre del Señor; una intensa relación con la persona de Jesucristo; el espíritu de abnegación y sacrificio; la diaconía de gobierno y la obediencia cordial propia de la vida fraterna en común abrazada en la profesión; la caridad pastoral que está en la médula del carisma teatino.

25.- Primera indicación: Una profunda aproximación a la Virgen María, Madre del Señor.

Escribe el santo: "De la Virgen, la Santa Madre de Dios, nunca debemos olvidar que ella es la Maestra y la Norma perfecta de nuestra vida. Tengámosle total confianza porque está siempre ocupada en impetrar las gracias que necesitamos. Aprendamos de ella a despojarnos del amor propio, a mantener puro el corazón y a descubrir la necesidad del silencio" (A. Veny, pág. 486).

"Imitemos a la Virgen –insiste– en la huida del ocio y en el hablar poco y rara vez. Ella nos hace ver la necesidad de la humildad, del silencio y el aprovechamiento del tiempo" (Ibid.). Muchas más citas de la abundante literatura del santo podrían traerse a colación. No hace falta. Sabemos, además, por su vida, cómo llevaba siempre depositada en la Virgen toda su confianza. A ella recurría constantemente. Propagaba su devoción a los fieles. Le hacía fiesta por todo lo grande. Aprendió de Nuestra Señora a ser el teatino que fue. Lo teatino es por esencia mariano desde los comienzos. Desde San Cayetano. Es imposible que la Orden recupere su vigor inicial y lo continúe manteniendo vivo si descuida su devoción a aquella que es "Patrona y Estrella", "Administradora del Paraíso", "Santa María de la Pureza", "Virgen de la Providencia"... Ella está ahí donde está, en cada pliegue de la historia de nuestra Compañía, mostrándonos el camino que precisamos recorrer: el recogimiento, la disponibilidad, la ternura afable, la oración, el sacrificio, la humildad.

¿Cómo no le va a tener nuestra familia religiosa un profundísimo afecto a María? ¿No hemos de caracterizarnos ante todo como discípulos? ¿No pertenece a la médula de nuestro carisma depositar nuestra libertad en la voluntad del Señor? ¿No es la Cruz la enseña de nuestro peregrinar por los campos de la Iglesia y el mundo? Releamos teatinamente algunas enseñanzas del Magisterio de la Iglesia: "La Bienaventurada Virgen María avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz... Agonizando, Jesucristo la dio como madre al discípulo con estas palabras: Mujer, ahí tienes a tu Hijo" (Lumen Gentium, núm. 58). "La Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con el que deben ser adornados todos aquellos que en la misión apostólica de la Iglesia cooperan a la regeneración de los hombres" (Ib. núm. 65). "Ella desde la Anunciación a Pentecostés, aparece como la persona cuya libertad está totalmente disponible a la voluntad de Dios" (Sacramentum Caritatis, núm. 31).

26.- Segunda indicación: Una intensa relación con la persona de

Jesucristo.

He aquí lo que escribe el santo a propósito de ello: "La Oración es la madre de las Virtudes, la muerte de los vicios, el perdón de los pecados, la remisión de las culpas. Es la fuente de la caridad, el muro de la castidad, la regla de la justicia, el ornato de la santidad. Es faro de la ciencia, almacén de la sabiduría, confianza del alma, consuelo de los tristes, escudo de los combatientes...". Y también: "Conviene reservarse al menos una hora entera al día para la meditación". La oración mental es más perfecta, más gustosa y más fructífera que la vocal". "El canto y las sagradas ceremonias deben estar animados de la devoción interior" (A. Veny, pág. 352).

Cómo no reconocer que en la actualidad corremos el peligro de llevar una clase de vida "religiosa"preocupantemente deficitaria de sentido y ambiente teologales. Si toda amistad se nutre y refuerza a base de contactos, y dado que nosotros somos "los amigos del Señor", en razón de la profesión y la imposición de manos, por las cuales se nos ha concedido un "plus" inmerecido de predilección de Dios, está bien claro que si en nuestras casas y comunidades lo primero no es frecuentar la intimidad con Dios, no se está haciendo otra cosa que merodear alrededor de la incoherencia. Si descuidamos entre nosotros la dimensión mística, o nos quedamos sólo en ritualismos o rezos que no están penetrados de amor, de calor afectivo sobrenatural, de contactos vivos con Dios, de tiempo dedicado a la escucha de la Palabra, de meditación, de silencio adorador, no seremos "signos" de nada y cada vez más se irá apagando el carisma teatino.

Debemos convencernos que nuestra vocación es de "adoradores" del Señor. El no es un "Otro". Es un "Tú". La profesión y el ministerio ordenado han hecho de nosotros personas pertenecidas a Dios. Si en nuestra vida religiosa falta la experiencia de Dios es vida religiosa. Mentimos, solemos hacerlo como si tal cosa, huyendo así de lo que es lo nuestro más nuestro: mostrarnos como el reclamo de Dios, la irresistible atracción de Dios. Lo que interroga de la vida religiosa no es la acción sino la "super-actio" que habla de la "or-actio". El "religioso" se realiza en la ora-ción. Esto es, en la atmósfera excesiva que se produce cuando irrumpe dentro de su ser la presencia envolvente del Espíritu que lo convierte en una persona "habitada".

¿Cómo no admitir que todas o casi las carencias que estamos padeciendo entre nosotros hoy tienen su causa en el descuido de la "mística"? Sin ésta no puede haber "diaconía" ni "profecía", y nos convertimos en "trabajadores sociales". O, peor aún, en "gente de la farsa". El verdadero sitio teatino está en la transcendencia. Si no lo ocupamos habitaremos en el alboroto de un activismo "desalmado", el apostolado quedará en algo vacío y la pastoral en simples intentos de eficacia montados en el aire. Como alguien ha dicho: "La acción por la acción es un concubinato con la cursilería". Y también: "El apostolado convertido en puro activismo hace reír a carcajadas a los arcángeles".

Aconsejaba San Andrés Avelino a su discípulo Basilio Pignatelli, obispo de Aquila, el 11 de febrero de 1594: "Le advierto que antes de ocuparse de los demás no se olvide de sí mismo; haga todas las mañanas una hora entera de meditación para fortalecer su voluntad y poder sobrellevar la cruz que el Señor querrá darle ese día. No podrá hacer bien alguno si no se robustece con la oración" (Cartas, II, pág. 2005).

27.- Tercera indicación: El espíritu de abnegación y sacrificio.

Recordemos su enseñanza: "El fundamento de una profunda y coherente vida espiritual reside en la abnegación de sí mismo". "La persona que vive sólo para sí está constantemente melancólica, no puede aguantar que se le infiera una injuria, no sufre ser despreciada y no tolera ni pobreza ni enfermedad". "Ofrezcamos a Dios nuestra propia voluntad, ésta se convierte en la mayor riqueza cuando está puesta en las manos de Dios y es el mayor enemigo cuando la retenemos en nosotros" (Antonio Veny, pág. 377).

Es imprescindible hoy en día que nos dispongamos a ayudarnos unos a otros a recuperar el espíritu de sacrificio, de abnegación y de renuncia a fin de que nuestro seguimiento del Señor sea auténtico. Cuidado con dejarnos intoxicar por la cultura del bienestar. La búsqueda del confort, las comodidades, las satisfacciones, hoy se ha convertido en obsesión general. Corremos el peligro de parapetarnos detrás de las cosas. Cuánto afán por ellas. Qué corrosivos deseos de asegurarnos a costa de lo que sea nuestra propia autonomía. Hoy las palabras "renuncia", "sacrificio", "mortificación", "cruz", "humildad", están a punto de desaparecer de todo diccionario de los hombres. También del nuestro. Si no colgamos en la puerta de la habitación el letrero "prohibido molestar" es porque ni falta que hace ya.

¿Cómo vamos a continuar siendo en la actualidad los teatinos que Dios quiere que seamos eliminando en nuestras casas y comunidades todo cuanto hace referencia a la pobreza, la disponibilidad, el horario en común, la disciplina regular, la vida en común la tolerancia, la caridad? ¿No es lo propio teatino seguir de manera despojada al Cristo humillado hasta la muerte en la cruz? ¿No nos dijo él en el momento de llamarnos "Ve y vende todo cuanto tienes"?

San Andrés Avelino preguntaría hoy en día a los promotores vocacionales y a los maestros de novicios: "¿Qué le están ustedes ofreciendo a los jóvenes que piden entrar a formar parte de la Orden: un chalet en el halda del Gólgota?". Si no somos desprendidos no tenemos derecho a decir que somos teatinos. Nuestro carisma está totalmente en contra del orgullo, la arrogancia, las riquezas, las dignidades.

Estaría muy bien "recordar" durante el presente año en cómo tenía la celda el Padre Andrés Avelino: una silla desvencijada, una mesita montada con cuatro tablas, un jergón de paja, una estampa de la Virgen colgada de la pared, una sotana raída... ¿Para qué más? Y qué ojeriza le tenía él a todo cuanto oliera a búsqueda de dignidades y prebendas. No se afanó nunca por lograr reconocimientos ni puestos de mando, y aconsejaba a los demás, viniese a cuento o no, que evitasen toda promoción. Se ponía enfermo cuando algún compañero era nombrado obispo. El puesto de un teatino, según él, es la sombra. A lo único a que debe aspirar es a la santidad.

Lo que le falta hoy a la Orden –a esta nuestra "povera Compagnía"– no es estar presente en más partes del mundo, tener noviciados numerosos, residencias por todo lo alto y padres considerados por su preparación académica u ocupando cargos relevantes aquí y allá, sino un estilo de vida santa, que se traduce y concreta en vivir fuertemente la amistad de discípulos del Señor. Ser santos es lo que nos hace falta, y nada más. Se trata del único camino y del único medio de la "reforma" que tenemos señalados.

¿Cómo, según San Andrés, podrá vivir un teatino la santidad y cómo servirá a la reforma de la que estará siempre necesitada la Iglesia? Siendo humilde. Decía él más o menos: "Una persona altanera, soberbia, arrogante y llena de vicios, no podrá enseñar a los demás la humildad, el desprecio de las cosas del mundo, la castidad y la mansedumbre" (citado por L. Ruiz de Cárdenas, Sant" Andrea Avellino scritor, Roma, 2005, pág. 10). Escribía el 12 de noviembre de 1587 a una persona de la nobleza de Nápoles: "Todas las virtudes son perlas preciosas. Entre ellas la más valiosa es la de la humildad. Y así como las joyas aparecen más espléndidas cuando están engastadas en oro en vez de en plomo, así la humildad da mayor esplendor en la gente principal" (Antonio Veny, pág. 20).

28.- La cuarta indicación tiene que ver con la "diaconía de gobierno" y la "obediencia cordial".

Se abraza la profesión para irse haciendo cada vez más servidores recíprocos. Los Prepósitos están puestos delante de la comunidad para despejar el camino que conduce a la caridad. No son sino mediadores. Ellos tienen que ser los primeros en "obedecer": escuchar al Dios "Nosotros", el Dios Trino, fuente de relaciones. Su misión es animar a sus hermanos en la corresponsabilidad.

"El Superior –escribe nuestro santo– ha de actuar como el Señor, que primero enseñó con el ejemplo y después con la palabra... Siga el consejo de San Bernardo: Verlo todo, disimular mucho, reprender poco... Proceda con dulzura y firmeza al mismo tiempo... Estime la buena voluntad de los hermanos y haga públicos sus méritos".

Hemos de proponernos recuperar un estilo de vida fraterna en común animado por la comunicación y el diálogo. No somos cada quien un "wester" solitario. La profesión genera profesión. Necesitamos llegar a experimentar con gozo que, en la comunidad, no nos está mandado más que servirnos los unos a los otros el amor del Señor, su confianza en el Padre, su permanente disponibilidad para hacer el bien. Toda la persona y la vida de Jesús se mueve entre el "Abba" y el "Reino". Esta es su oración: "Sea santificado tu nombre", "venga tu Reino", "concédenos capacidad de perdón y misericordia". Jesús vivía a lo niño bajo el amparo de la Providencia del Padre.

Las nuestras tienen que ser "casas de Providencia" en las que la tarea del superior es sobre todo la de sugerir, bendecir, levantar...

Más que el de "imponer" órdenes, órdenes y reglas, el suyo es un servicio constructor de vida fraterna en común. Para lo cual precisa muchísima atención al Espíritu, gran sensibilidad, un profundo respeto personalizado a cada uno de cuantos la Providencia ha puesto bajo sus "ojos misericordiosos". Debe crear condiciones de "obediencia cordial", de manera que nuestras comunidades sean "signum fraternitatis" y, por consiguiente, "confessio Trinitatis", como dice tan expresivamente el Documento "Vita Consecrata". Todo en orden a un mayor y cada vez más perfecto seguimiento de Cristo, obediente hasta la muerte. "En la obediencia y en la muerte de mí mismo resplandece la gloria de mi Creador", escribe nuestro Padre S. Cayetano (Constitución núm. 27).

29.- La quinta y última indicación de camino se refiere a la "caridad pastoral".

¿Qué "determinaron" San Cayetano y aquellos primeros "Clérigos regulares" que pusieron en marcha nuestra Orden? Restaurar en la Iglesia la primitiva forma de "vida apostólica".

Nunca debiéramos dejar de leer y orar el Venerable texto de la Institución de los Doce (Mt 10, 1-4). Provenimos de ella. En cierto modo también nosotros es-tábamos allí aquel día. Cristo nos llamó a cada uno por el propio nombre. Aún permanecemos estupefactos: "¿Cómo? ¿Yo?" "Sí, tú". El Señor nos atrajo ha-cia sí y nos puso en las manos un "encargo" a realizar en su persona misma. No es nuestro. No somos sus propietarios. Hemos de transmitirlo con fidelidad absoluta.

Cuánta necesidad tenemos en el día de hoy de dejarnos seducir por aquella tensión "clerical" teatina que nuestros antepasados "descubrieron" en el corazón del evangelio y del Libro de los Hechos de los Apóstoles: una vida fraterna en común, una oración intensa, un espíritu de pobreza radical... con el fin de poder presentar a los ministros de la Iglesia de su tiempo un camino a seguir.

¿Cuál es el quehacer principal del ministro de la Iglesia? Anunciar y articular la salvación, promoviendo la escucha atenta de la Palabra de Dios, la conversión de los pecados, la participación en los Sacramentos, la construcción del Reino... Es la finalidad esencial de la Orden. La "reforma" teatina se inició así. "Nuestros fundadores, deseando servir a Dios con mayor sosiego espiritual, decidieron... hacer vida clerical... y dedicarse a predicar la Palabra de Dios, a oír confesiones..." (Constitución núm. 1).

El Clérigo Regular Teatino es fundamentalmente "ministro" de lo santo, no un activista social. "Nuestra peculiar forma de vida religiosa, inspirada en los Hechos de los Apóstoles, exige sobre todo que, dando en todas partes un testimonio de la Resurrección del Señor, perseveremos dedicados a la oración y al ministerio de la Palabra, nos gastemos y desgastemos por la salvación de los hermanos. Debemos, pues, considerar como propio de nuestro estado cualquier tarea, trabajo o ministerio eclesiástico, sobre todo si a ello nos impulsa la obediencia o la caridad" (Constitución núm. 32).

Acerca de la predicación de la Palabra de Dios nos iluminan las Constituciones número 39-42. De la celebración de los Sacramentos, las 54-63. Los escritos de San Andrés Avelino abundan en sugerencias al respecto. Así, por ejemplo, para una predicación fructuosa aconseja: "Buscar sólo la gloria de Dios", "no entretenerse en florituras", "huir del aplauso", "hablar sin respetos humanos" (Antonio Veny, pág. 290 y ss.).

En lo que se refiere a los confesores: "No imponer penitencias pesadas, antes bien exhortar con palabras edificantes", "ser dulces, amables y discretos", "es preferible ser criticados por excesivamente misericordiosos que por severos en demasía" (Antonio Veny, pág. 291-293).

Creo que nos bastan estas cinco indicaciones. Vamos a disponernos a seguirlas. Todos. Echándonos una mano el uno al otro. Con respeto, con delicadeza, con caridad. Intentemos hacer de este año un año de renovación. Andando se aprende a andar. Nadie se quede en su rincón de soledad. El Señor va por delante. Y nuestros santos. San Andrés Avelino continúa todavía hoy diciendo lo mismo que aquella mañana del día 10 de noviembre de 1608. "¡Introibo ad altare Dei!". "¡Subiré!". Es cosa de subir, no quedarse escarbando en los desperdicios, sino de "poner nuestros pies sobre las estrellas".

No quisiera concluir, queridos hermanos, esta Carta sin dirigirme de manera muy especial a todos y cada uno de los jóvenes de la Orden. Ellos, como escribió el Papa Juan Pablo II en la "Novo millennio ineunte" (núm. 9) son los "centinelas del mañana". Subrayaba la instrucción "Caminar desde Cristo" (Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica), núm. 46: "Tenemos verdadera necesidad de jóvenes valientes que, dejándose configurar por el Padre con la fuerza del Espíritu y llegando a ser personas cristiformes, ofrezcan a todos un testimonio limpio y alegre de su específica acogida del misterio de Cristo y de la espiritualidad peculiar del propio Instituto".

Es de admirar cómo y cuánto se distinguió San Andrés Avelino por su preocupación y dedicación a los jóvenes de la Orden. Amaba a los novicios como si fueran hijos suyos (A. Oliver, Los Teatinos, pág. 235). En su librito "Del modo de instruir a los novicios" (A. Veny, pág. 117) recomienda el santo:

Amad a la Congregación como se ama a la propia madre.

Aprended a mirar hacia adentro y a conocer vuestros defectos. Aceptar la corrección os ayudará a vencerlos.

Haced caso de las pequeñas faltas; empañan la limpieza del alma.

En cualquier circunstancia de la vida, lo mismo en el gozo que en la aflicción, dad gracias a Dios y bendecidlo.

Encended de nuevo cada día vuestra voluntad de ser fieles a la vocación.

Tened en vuestra habitación el paraíso. No vayáis ahí fuera a buscar consuelos.

Orad y leed sin cansaros.

Sed simpáticos y amigos de la paz. Y guardaos de cualquier palabra que pueda lastimar o hacer daño a un compañero.

Al tratar con otras personas, nunca digáis palabras inútiles.

Se trata de un programa realmente atrayente no sólo para los jóvenes sino también para todos.

Mientras les auguro un buen año jubilar reciban mi más fraternal y sincero abrazo.

P. Valentín Arteaga, C.R.

Prepósito General

Nápoles, en San Pablo el Mayor, 10 de noviembre de 2007.

Apertura del IV Centenario del Tránsito de San Andrés Avelino al Cielo.

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Oración a la SANTÍSIMA TRINIDAD para pedir la beatificación de la Venerable Madre Úrsula Benincasa

Eterno Padre, por los méritos de la pasión de u Hijo Jesucristo y por la acción santificadora del Espíritu Santo, te ruego que glorifiques en esta tierra a tu sierva ÚRSULA BENINCASA, concediéndome por su intercesión la gracia que te pido.Padrenuestro.Avemaría. Gloria.

Se ruega a las personas que reciban alguna gracia por intercesión de la Venerable lo comuniquen a la siguiente dirección electrónica. Muchas gracias.

comision@teatinas.com