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UN DIA MAS PARA AGRADECER A DIOS EL DON DE LA VIDA


Reelección del Rvdo. Padre VALENTIN ARTEAGA, C.R.

Por TEATINAS - 25 de Junio, 2009, 16:27, Categoría: Materiales para compartir

Las RELIGIOSAS TEATINAS DE LA I.C.
elevan una plegaria agradecida
 y felicitan por este medio
al RVDO. P. VALENTIN ARTEAGA SANCHEZ GUIJALDO, C.R.
quien el pasado 24 de junio de 2009,
Solemnidad de San Juan Bautista,
ha sido reelegido por el Capítulo General de la Orden Teatina
celebrado en Iranzu ( Navarra )
en el servicio de PREPÓSITO GENERAL
para el sexenio 2009- 2015.

Que el espíritu de RENOVACIÓN EVANGÉLICA
 
y de confianza infinita en la PROVIDENCIA
que animó a San Cayetano y Madre Úrsula
acompañe este nuevo sexenio
y sea un verdadero tiempo de gracia,
fecundidad y renovación apostólica
en el corazón de nuestra Familia Teatina.


¡ Enhorabuena !


Fuente : www.santaandreaavellino.it


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PLEGARIA SACERDOTAL, Antonio Díaz TORTAJADA

Por TEATINAS - 24 de Junio, 2009, 19:00, Categoría: General

PLEGARIA SACERDOTAL

Señor Jesús:
Sacerdote eterno, presente en el sacramento eucarístico,
Tú buscaste el corazón de cada hombre para hacer de él una nueva criatura.
De ti nació un pueblo nuevo.
Un pueblo que, al principio, fue sólo un grupo reducido,
pero dueño de una magnífica promesa: Integrar a toda la humanidad.
Tú llamaste a los que quisiste
para que participaran de tu sacerdocio;
no te elegimos nosotros a ti,
sino que fuiste tú quien nos eligió a nosotros.
Más aún, tú nos has descubierto que,
detrás de tu llamada, está la elección misteriosa de Dios Padre.
Nos llamaste a seguirte;
es decir, a ir en pos de ti, a recorrer tu propio camino;
por tanto, nos exiges sobre todo una gran confianza en ti;
confianza total, entrega completa a tu persona.

Sacerdote eterno:
Tú nos llamas a ser tus discípulos
a repetir, acompañados por ti, tu propia vida y misión.
Y esa habrá de ser en adelante
nuestra tarea fundamental como llamados a prolongar tu sacerdocio.
Una tarea que englobará y dará nuevo sentido
a toda nuestra existencia.
Somos tus discípulos,
y sientes un gran amor por nosotros.
Nos consideras como tu auténtica familia, tus amigos, no tus siervos.
Te preocupas de nosotros como una madre solícita
se esfuerza por no perder a sus hijos;
nos corriges con dulzura,
nos educas con una paciencia infinita.
Queremos aceptarte como el sentido único y absoluto de la vida:
Nos exiges el desprendimiento total de los bienes
y la renuncia a formar una familia.
Tú eres el objetivo prioritario de nuestra vida:
Tú por encima de todo.
Cada mañana vuelves a poner delante de nuestras miradas
la exigencia con que comenzó toda nuestra historia personal:
“Sal de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre,
y ven a la tierra que te mostraré”.
¡Qué difícil resulta cortar amarras y seguirte...!
Cada mañana nos propones un camino de amor;
y no hay amor sin libertad.
La respuesta a este amor ha de ser personal, consciente y libre,
e implica a toda la persona.
Para seguirte como sacerdotes
hay que tomar una decisión personal e intransferible.
Negarse a sí mismo y tomar tu cruz...
Más pronto o más tarde,
en nuestra vida sacerdotal si esta abierta al amor
aparecerá el sufrimiento que lo cambia todo.
Es una prueba que, o destruye o madura.
El sufrimiento mal encajado rebela,
endurece y agría el corazón humano;
el sufrimiento aceptado como fruto del amor
ensancha la capacidad de amar y comprender, humaniza y fecunda.
El amor a los hermanos que has puesto en nuestra vida,
ese vaciarse para que tengan vida y vida abundante
produce dolor y sufrimiento;
aceptar este sufrimiento es tratar de vivirlo con amor
y situarlo en la perspectiva de la esperanza,
vivirlo como dolor de parto y no como dolor de muerte.
Además, Señor Jesús:
Estamos vocacionados a llevar también las cruces de los otros.
Y tomar la cruz de nuestros hermanos
significa también saberse complicar la vida en favor de ellos;
no sólo preocuparse por lo propio,
sino hacer del dolor y sufrimiento de los otros nuestro propio sufrimiento.

Señor Jesús:
Tú nos has llamado a compartir tu sacerdocio.
Aquí está el secreto.
Porque se trata de un camino difícil,
imposible de recorrer con nuestras propias fuerzas.
Sólo hay una forma de hacerlo:
Ponernos detrás de ti
y hacer que nuestros pies vayan pisando tus mismas huellas,
vivir contigo y como Tú.
Aprenderemos de esta forma a convivir contigo:
Así Tú, Sacerdote eterno, nos vas moldeando como discípulos
para que seamos imagen viva de tu presencia en el mundo.
El resultado de este seguimiento
será la plena identificación contigo.
Ya no seremos nosotros los que viviremos,
será tu sacerdocio, quien vivirá en nosotros.

Señor Jesús:
Nos has enviado a predicar con el poder de expulsar a los demonios.
Nos has enviado a ejercitar una tarea:
Nos has llamado a proclamar el Reino de Dios.
Que no seamos aprendices de un mensaje para después repetirlo
sino que te anunciemos a ti como camino, verdad y vida;
para ello, tenemos que estar contigo en intimidad constante,
escuchándote e identificándonos con tu estilo de vivir.
Sólo así podremos predicarte, anunciarte y comunicarte,
es decir, dar testimonio de lo que hemos visto y oído.
En definitiva,
podremos decir que los sacerdotes en nuestro mundo
somos Jesús mismo, que prolongamos tu acción,
que somos otro Cristo en la historia
que transmitimos a Jesús que se ensancha para poder llegar a todos.
¡Sublime poder otorgado a los frágiles hombres!
¡Gran tesoro llevado en vasijas de barro!

Señor Jesús, Sacerdote eterno:
La dignidad de nuestra vocación sacerdotal,
se expresa en nuestra disponibilidad para servir,
según tu ejemplo,
que no viniste al mundo para ser servido sino para servir.
A la luz de esta actitud tuya,
sólo sirviendo podremos verdaderamente reinar.
Es decir,
que toda nuestra vida la entendamos y la vivamos como un servicio,
sólo así reinaremos como Tú, Señor.
Ahora nos volvemos a tu madre y señora nuestra, María.
Reina de los sacerdotes:
¡Tú eres nuestro refugio y esperanza en este tiempo!
¡Tú eres la reina de la esperanza!
Como una vez oraste en medio de los Apóstoles de tu Hijo Jesús
pidiendo el don prometido del Espíritu Santo,
intercede ahora por nosotros tu sacerdotes
para que por el poder de este mismo Espíritu seamos verdaderos testigos de Cristo tu Hijo.
A Él sea la gloria por los siglos.

Amén

Publicado en www.ciudadredonda.org

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Annus sacerdotalis

Por TEATINAS - 24 de Junio, 2009, 18:09, Categoría: Materiales para compartir

Compartimos esta información interesante

con los lectores de nuestro blog:

Con motivo del año sacerdotal ,

la Sagrada Congregación para el Clero

ha creado la web

www.annussacerdotalis.org

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Anthony de Mello: " No juzguéis.."

Por TEATINAS - 22 de Junio, 2009, 18:15, Categoría: Materiales para compartir

" Las personas que frecuentan la comunión

y, no obstante, murmuran contra su prójimo,

dicen mal de él, le enjuician e injurian,

¿ cómo pueden llamarse siervas de Dios ?"

( Ven . Úrsula Benincasa )

Una llamada al amor.

Anthony de Mello

MEDITACION 24. "No juzguéis y no seréis juzgados" (Mt. 7 , 1)

Es tranquilizador pensar que el más excelso acto de amor que puedes realizar no es un acto de servicio, sino un acto de contemplación, de visión. Cuando sirves a las personas, lo que haces es ayudar, apoyar, consolar, aliviar su dolor... Cuando las ves en su belleza y bondad interiores, lo que haces es transformar y crear.

Piensa en algunas de las personas a las que aprecias y que te atraigan. Intenta ver a cada una de ellas como si fuera la primera vez, sin dejarte influenciar por el conocimiento o la experiencia, buena o mala, que tengas de ellas. Intenta descubrir en ellas algo que, debido a la familiaridad, se te haya pasado por alto, porque la familiaridad produce rutina, ceguera y aburrimiento. No puedes amar lo que no eres capaz de ver de un modo nuevo. No puedes amar lo que no eres capaz de estar constantemente descubriendo.

Piensa ahora en personas que te desagraden. Observa, en primer lugar, qué es lo que te desagrada de ellas; estudia sus defectos con imparcialidad y objetividad. Para ello, naturalmente, no puedes hacer uso de "clichés" referidos a ellas: orgulloso, holgazán, egoísta, arrogante... El "cliché" es producto de la pereza mental, porque resulta muy fácil aplicarle a alguien un estereotipo o una "etiqueta". En cambio, es difícil y arriesgado ver a las personas en su singularidad y unicidad.

Debes examinar esos defectos "clínicamente", es decir, debes cerciorarte de tu objetividad. Ten en cuenta la posibilidad de que lo que ves en esas personas como un defecto tal vez no lo sea en absoluto, sino que en realidad puede ser algo hacia lo que tu educación y las circunstancias te han hecho sentir aversión. Si, a pesar de todo, todavía sigues viendo en ello un defecto, trata de comprender que el origen del mismo reside en sus experiencias de la infancia, en sus condicionamientos del pasado, en una defectuosa forma de pensar y de percibir y, sobre todo, en su inconsciencia, no en su malicia. A medida que hagas esto, tu actitud se trocará en amor y perdón, porque examinar, observar y comprender es perdonar.

Después de estudiar los defectos, intenta descubrir las virtudes que atesora esa persona y que el desagrado que sientes hacia ella te han impedido ver hasta ahora. Y, mientras lo haces, observa cualesquiera cambios de actitud o de sentimientos que te sobrevengan, porque la aversión hacia ella ha enturbiado tu visión y te ha impedido ver.

A continuación, piensa en cada una de las personas con las que vives y trabajas, observando cómo cada una de ellas se transforma a tus ojos cuando las miras de esta manera. Al verlas así, les estas ofreciendo un don infinitamente más valioso que cualquier acto de servicio que puedas prestarles, porque, al hacerlo, las has transformado, las has "creado" en tu corazón; y, supuesto un cierto grado de contacto entre tú y ellas, también ellas experimentarán realmente una auténtica transformación.

Y ahora, ofrécete a ti mismo idéntico don. Si has sido capaz de hacerlo por otros, no te resultará muy difícil. Sigue el mismo procedimiento: no juzgues o condenes ninguno de tus defectos o neurosis. Si no has juzgado a los demás, tampoco tú debes ser juzgado. Indaga, estudia y analiza tus defectos para lograr una mejor comprensión que te lleve al amor y al perdón, y descubrirás con gozo cómo resultas transformado por esa actitud extrañamente tierna y comprensiva que brota en ti para contigo mismo. Una actitud que nace en tu interior y se extiende a toda criatura viviente.

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José Antonio Pagola: ¿ Por qué somos tan cobardes ?

Por TEATINAS - 21 de Junio, 2009, 17:51, Categoría: General

" El Señor es Rey de Paz..."

( Ven. Úrsula Benincasa )

21 de junio de 2009
12 Tiempo ordinario (B)

Marcos 4, 35-40

¿POR QUÉ SOMOS TAN COBARDES?

José Antonio Pagola

« ¿Por qué sois tan cobardes ? ¿Aún no tenéis fe? » . Estas dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos no son, para el evangelista Marcos, una anécdota del pasado. Son las preguntas que han de escuchar los seguidores de Jesús en medio de sus crisis. Las preguntas que nos hemos de hacer también hoy: ¿Dónde está la raíz de nuestra cobardía? ¿Por qué tenemos miedo ante el futuro? ¿ Es porque nos falta fe en Jesucristo?

El relato es breve. Todo comienza con una orden de Jesús:« Vamos a la otra orilla ». Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias.

De pronto se levanta una fuerte tempestad, metáfora gráfica de lo que sucede en el grupo de discípulos. El viento huracanado, las olas que rompen contra la barca, el agua que comienza a invadirlo todo, expresan bien la situación: ¿Qué podrán los seguidores de Jesús ante la hostilidad del mundo pagano? No sólo está en peligro su misión, sino incluso la supervivencia misma del grupo.

Despertado por sus discípulos, Jesús interviene, el viento cesa y sobre el lago viene una gran calma. Lo sorprendente es que los discípulos « se quedan espantados » . Antes tenían miedo a la tempestad. Ahora parecen temer a Jesús. Sin embargo, algo decisivo se ha producido en ellos: han recurrido a Jesús; han podido experimentar en él una fuerza salvadora que no conocían; comienzan a preguntarse por su identidad. Comienzan a intuir que con él todo es posible.

El cristianismo se encuentra hoy en medio de una « fuerte tempestad » y el miedo comienza a apoderarse de nosotros. No nos atrevemos a pasar a «a otra orilla». La cultura moderna nos resulta un país extraño y hostil. El futuro os da miedo. La creatividad parece prohibida. Algunos creen más seguro mirar hacia atrás para mejor ir adelante.

Jesús nos puede sorprender a todos. El Resucitado tiene fuerza para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Solo se nos pide fe. Una fe que nos libere de tanto miedo y cobardía, y nos comprometa a caminar tras las huellas de Jesús.

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Carta del Papa a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal

Por TEATINAS - 20 de Junio, 2009, 11:09, Categoría: Materiales para compartir

" En este lugar santo se ora por los sacerdotes..."

- Escrito que figura a la entrada de la Capilla del Monasterio de Sant ´Elmo ( Nápoles ) -

Carta del Papa a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal


Una nueva primavera para la Iglesia


CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 18 junio 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la carta que ha enviado Benedicto XVI a los sacerdotes al comenzar el Año Sacerdotal, que ha proclamado con motivo del 150° aniversario de la muerte (el dies natalis) de san Juan María Vianney, conocido como el cura de Ars.

* * *

Queridos hermanos en el Sacerdocio:

      He resuelto convocar oficialmente un "Año Sacerdotal" con ocasión del 150 aniversario del "dies natalis" de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo, que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús -jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero-.1 Este año desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo, y se concluirá en la misma solemnidad de 2010.

      "El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús", repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars.2 Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de "amigos de Cristo", llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?

      Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal.

      Pero la expresión utilizada por el Santo Cura de Ars evoca también la herida abierta en el Corazón de Cristo y la corona de espinas que lo circunda. Y así, pienso en las numerosas situaciones de sufrimiento que aquejan a muchos sacerdotes, porque participan de la experiencia humana del dolor en sus múltiples manifestaciones o por las incomprensiones de los destinatarios mismos de su ministerio: ¿Cómo no recordar tantos sacerdotes ofendidos en su dignidad, obstaculizados en su misión, a veces incluso perseguidos hasta ofrecer el supremo testimonio de la sangre?

      Sin embargo, también hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de Pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes. En este sentido, la enseñanza y el ejemplo de san Juan María Vianney pueden ofrecer un punto de referencia significativo. El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".3 Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: "¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia...".4 Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: "Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir [a causa del pecado], ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo".5 Estas afirmaciones, nacidas del corazón sacerdotal del santo párroco, pueden parecer exageradas. Sin embargo, revelan la altísima consideración en que tenía el sacramento del sacerdocio. Parecía sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad: "Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo: él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros".6

      Llegó a Ars, una pequeña aldea de 230 habitantes, advertido por el Obispo sobre la precaria situación religiosa: "No hay mucho amor de Dios en esa parroquia; usted lo pondrá". Bien sabía él que tendría que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación: "Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante toda mi vida". Con esta oración comenzó su misión.7 El Santo Cura de Ars se dedicó a la conversión de su parroquia con todas sus fuerzas, insistiendo por encima de todo en la formación cristiana del pueblo que le había sido confiado.

      Queridos hermanos en el Sacerdocio, pidamos al Señor Jesús la gracia de aprender también nosotros el método pastoral de san Juan María Vianney. En primer lugar, su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, Persona y Misión tienden a coincidir: toda su obra salvífica era y es expresión de su "Yo filial", que está ante el Padre, desde toda la eternidad, en actitud de amorosa sumisión a su voluntad. De modo análogo y con toda humildad, también el sacerdote debe aspirar a esta identificación. Aunque no se puede olvidar que la eficacia sustancial del ministerio no depende de la santidad del ministro, tampoco se puede dejar de lado la extraordinaria fecundidad que se deriva de la confluencia de la santidad objetiva del ministerio con la subjetiva del ministro. El Cura de Ars emprendió en seguida esta humilde y paciente tarea de armonizar su vida como ministro con la santidad del ministerio confiado, "viviendo" incluso materialmente en su Iglesia parroquial: "En cuanto llegó, consideró la Iglesia como su casa... Entraba en la Iglesia antes de la aurora y no salía hasta después del Angelus de la tarde. Si alguno tenía necesidad de él, allí lo podía encontrar", se lee en su primera biografía.8

      La devota exageración del piadoso hagiógrafo no nos debe hacer perder de vista que el Santo Cura de Ars también supo "hacerse presente" en todo el territorio de su parroquia: visitaba sistemáticamente a los enfermos y a las familias; organizaba misiones populares y fiestas patronales; recogía y administraba dinero para sus obras de caridad y para las misiones; adornaba la iglesia y la dotaba de paramentos sacerdotales; se ocupaba de las niñas huérfanas de la "Providence" (un Instituto que fundó) y de sus formadoras; se interesaba por la educación de los niños; fundaba hermandades y llamaba a los laicos a colaborar con él.

      Su ejemplo me lleva a poner de relieve los ámbitos de colaboración en los que se debe dar cada vez más cabida a los laicos, con los que los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal9 y entre los cuales, en virtud del sacerdocio ministerial, están puestos "para llevar a todos a la unidad del amor: "amándose mutuamente con amor fraterno, rivalizando en la estima mutua' (Rm 12, 10)".10 En este contexto, hay que tener en cuenta la encarecida recomendación del Concilio Vaticano II a los presbíteros de "reconocer sinceramente y promover la dignidad de los laicos y la función que tienen como propia en la misión de la Iglesia... Deben escuchar de buena gana a los laicos, teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana, para poder junto con ellos reconocer los signos de los tiempos".11

      El Santo Cura de Ars enseñaba a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida. De su ejemplo aprendían los fieles a orar, acudiendo con gusto al sagrario para hacer una visita a Jesús Eucaristía.12 "No hay necesidad de hablar mucho para orar bien", les enseñaba el Cura de Ars. "Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración".13 Y les persuadía: "Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...".14 "Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis".15 Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que "no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la hostia con amor".16 Les decía: "Todas las buenas obras juntas no son comparables al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa es obra de Dios".17 Estaba convencido de que todo el fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Misa: "La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la Misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!".18 Siempre que celebraba, tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio: "¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!".19

      Esta identificación personal con el Sacrificio de la Cruz lo llevaba -con una sola moción interior- del altar al confesonario. Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la presencia eucarística. Supo iniciar así un "círculo virtuoso". Con su prolongado estar ante el sagrario en la Iglesia, consiguió que los fieles comenzasen a imitarlo, yendo a visitar a Jesús, seguros de que allí encontrarían también a su párroco, disponible para escucharlos y perdonarlos. Al final, una muchedumbre cada vez mayor de penitentes, provenientes de toda Francia, lo retenía en el confesonario hasta 16 horas al día. Se comentaba que Ars se había convertido en "el gran hospital de las almas".20 Su primer biógrafo afirma: "La gracia que conseguía [para que los pecadores se convirtiesen] era tan abundante que salía en su búsqueda sin dejarles un momento de tregua".21 En este mismo sentido, el Santo Cura de Ars decía: "No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él".22 "Este buen Salvador está tan lleno de amor que nos busca por todas partes".23

      Todos los sacerdotes hemos de considerar como dirigidas personalmente a nosotros aquellas palabras que él ponía en boca de Jesús: "Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita".24 Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la Penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del "diálogo de salvación" que en él se debe entablar. El Cura de Ars se comportaba de manera diferente con cada penitente. Quien se acercaba a su confesonario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el "torrente de la divina misericordia" que arrastra todo con su fuerza. Y si alguno estaba afligido por su debilidad e inconstancia, con miedo a futuras recaídas, el Cura de Ars le revelaba el secreto de Dios con una expresión de una belleza conmovedora: "El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!".25 A quien, en cambio, se acusaba de manera fría y casi indolente, le mostraba, con sus propias lágrimas, la evidencia seria y dolorosa de lo "abominable" de su actitud: "Lloro porque vosotros no lloráis",26 decía. "Si el Señor no fuese tan bueno... pero lo es. Hay que ser un bárbaro para comportarse de esta manera ante un Padre tan bueno".27 Provocaba el arrepentimiento en el corazón de los tibios, obligándoles a ver con sus propios ojos el sufrimiento de Dios por los pecados como "encarnado" en el rostro del sacerdote que los confesaba. Si alguno manifestaba deseos y actitudes de una vida espiritual más profunda, le mostraba abiertamente las profundidades del amor, explicándole la inefable belleza de vivir unidos a Dios y estar en su presencia: "Todo bajo los ojos de Dios, todo con Dios, todo para agradar a Dios... ¡Qué maravilla!".28 Y les enseñaba a orar: "Dios mío, concédeme la gracia de amarte tanto cuanto yo sea capaz".29

      El Cura de Ars consiguió en su tiempo cambiar el corazón y la vida de muchas personas, porque fue capaz de hacerles sentir el amor misericordioso del Señor. Urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor: Deus caritas est (1 Jn 4, 8). Con la Palabra y con los Sacramentos de su Jesús, Juan María Vianney edificaba a su pueblo, aunque a veces se agitaba interiormente porque no se sentía a la altura, hasta el punto de pensar muchas veces en abandonar las responsabilidades del ministerio parroquial para el que se sentía indigno. Sin embargo, con un sentido de la obediencia ejemplar, permaneció siempre en su puesto, porque lo consumía el celo apostólico por la salvación de las almas. Se entregaba totalmente a su propia vocación y misión con una ascesis severa: "La mayor desgracia para nosotros los párrocos -deploraba el Santo- es que el alma se endurezca"; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.30 Dominaba su cuerpo con vigilias y ayunos para evitar que opusiera resistencia a su alma sacerdotal. Y se mortificaba voluntariamente en favor de las almas que le habían sido confiadas y para unirse a la expiación de tantos pecados oídos en confesión. A un hermano sacerdote, le explicaba: "Le diré cuál es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos".31 Más allá de las penitencias concretas que el Cura de Ars hacía, el núcleo de su enseñanza sigue siendo en cualquier caso válido para todos: las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a su salvación sin participar personalmente en el "alto precio" de la redención.

      En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un vigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente: "El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio".32 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?".33 Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo.34

      La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó la dedicación al ministerio del Cura de Ars. El Papa Juan XXIII en la Carta encíclica Sacerdotii nostri primordia, publicada en 1959, en el primer centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos, considerados como necesarios también para los presbíteros: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real de la santificación cristiana".35 El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos" de acuerdo a su condición de presbítero. En efecto, su pobreza no fue la de un religioso o un monje, sino la que se pide a un sacerdote: a pesar de manejar mucho dinero (ya que los peregrinos más pudientes se interesaban por sus obras de caridad), era consciente de que todo era para su iglesia, sus pobres, sus huérfanos, sus niñas de la "Providence",36 sus familias más necesitadas. Por eso "era rico para dar a los otros y era muy pobre para sí mismo".37 Y explicaba: "Mi secreto es simple: dar todo y no conservar nada".38 Cuando se encontraba con las manos vacías, decía contento a los pobres que le pedían: "Hoy soy pobre como vosotros, soy uno de vosotros".39 Así, al final de su vida, pudo decir con absoluta serenidad: "No tengo nada... Ahora el buen Dios me puede llamar cuando quiera".40 También su castidad era la que se pide a un sacerdote para su ministerio. Se puede decir que era la castidad que conviene a quien debe tocar habitualmente con sus manos la Eucaristía y contemplarla con todo su corazón arrebatado y con el mismo entusiasmo la distribuye a sus fieles. Decían de él que "la castidad brillaba en su mirada", y los fieles se daban cuenta cuando clavaba la mirada en el sagrario con los ojos de un enamorado.41 También la obediencia de san Juan María Vianney quedó plasmada totalmente en la entrega abnegada a las exigencias cotidianas de su ministerio. Se sabe cuánto le atormentaba no sentirse idóneo para el ministerio parroquial y su deseo de retirarse "a llorar su pobre vida, en soledad".42 Sólo la obediencia y la pasión por las almas conseguían convencerlo para seguir en su puesto. A los fieles y a sí mismo explicaba: "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola: servirlo como Él quiere ser servido".43 Consideraba que la regla de oro para una vida obediente era: "Hacer sólo aquello que puede ser ofrecido al buen Dios".44

        En el contexto de la espiritualidad apoyada en la práctica de los consejos evangélicos, me complace invitar particularmente a los sacerdotes, en este Año dedicado a ellos, a percibir la nueva primavera que el Espíritu está suscitando en nuestros días en la Iglesia, a la que los Movimientos eclesiales y las nuevas Comunidades han contribuido positivamente. "El Espíritu es multiforme en sus dones... Él sopla donde quiere. Lo hace de modo inesperado, en lugares inesperados y en formas nunca antes imaginadas... Él quiere vuestra multiformidad y os quiere para el único Cuerpo".45 A este propósito vale la indicación del Decreto Presbyterorum ordinis: "Examinando los espíritus para ver si son de Dios, [los presbíteros] han de descubrir mediante el sentido de la fe los múltiples carismas de los laicos, tanto los humildes como los más altos, reconocerlos con alegría y fomentarlos con empeño".46 Dichos dones, que llevan a muchos a una vida espiritual más elevada, pueden hacer bien no sólo a los fieles laicos sino también a los ministros mismos. La comunión entre ministros ordenados y carismas "puede impulsar un renovado compromiso de la Iglesia en el anuncio y en el testimonio del Evangelio de la esperanza y de la caridad en todos los rincones del mundo".47 Quisiera añadir además, en línea con la Exhortación apostólica Pastores dabo vobis del Papa Juan Pablo II, que el ministerio ordenado tiene una radical "forma comunitaria" y sólo puede ser desempeñado en la comunión de los presbíteros con su Obispo.48 Es necesario que esta comunión entre los sacerdotes y con el propio Obispo, basada en el sacramento del Orden y manifestada en la concelebración eucarística, se traduzca en diversas formas concretas de fraternidad sacerdotal efectiva y afectiva.49 Sólo así los sacerdotes sabrán vivir en plenitud el don del celibato y serán capaces de hacer florecer comunidades cristianas en las cuales se repitan los prodigios de la primera predicación del Evangelio.

      El Año Paulino que está por concluir orienta nuestro pensamiento también hacia el Apóstol de los gentiles, en quien podemos ver un espléndido modelo sacerdotal, totalmente "entregado" a su ministerio. "Nos apremia el amor de Cristo -escribía-, al considerar que, si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5, 14). Y añadía: "Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos" (2 Co 5, 15). ¿Qué mejor programa se podría proponer a un sacerdote que quiera avanzar en el camino de la perfección cristiana?

      Queridos sacerdotes, la celebración del 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney (1859) viene inmediatamente después de las celebraciones apenas concluidas del 150 aniversario de las apariciones de Lourdes (1858). Ya en 1959, el Beato Papa Juan XXIII había hecho notar: "Poco antes de que el Cura de Ars terminase su carrera tan llena de méritos, la Virgen Inmaculada se había aparecido en otra región de Francia a una joven humilde y pura, para comunicarle un mensaje de oración y de penitencia, cuya inmensa resonancia espiritual es bien conocida desde hace un siglo. En realidad, la vida de este sacerdote cuya memoria celebramos, era anticipadamente una viva ilustración de las grandes verdades sobrenaturales enseñadas a la vidente de Massabielle. Él mismo sentía una devoción vivísima hacia la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen; él, que ya en 1836 había consagrado su parroquia a María concebida sin pecado, y que con tanta fe y alegría había de acoger la definición dogmática de 1854".50 El Santo Cura de Ars recordaba siempre a sus fieles que "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir de su Santa Madre".51

      Confío este Año Sacerdotal a la Santísima Virgen María, pidiéndole que suscite en cada presbítero un generoso y renovado impulso de los ideales de total donación a Cristo y a la Iglesia que inspiraron el pensamiento y la tarea del Santo Cura de Ars. Con su ferviente vida de oración y su apasionado amor a Jesús crucificado, Juan María Vianney alimentó su entrega cotidiana sin reservas a Dios y a la Iglesia. Que su ejemplo fomente en los sacerdotes el testimonio de unidad con el Obispo, entre ellos y con los laicos, tan necesario hoy como siempre. A pesar del mal que hay en el mundo, conservan siempre su actualidad las palabras de Cristo a sus discípulos en el Cenáculo: "En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33). La fe en el Maestro divino nos da la fuerza para mirar con confianza el futuro. Queridos sacerdotes, Cristo cuenta con vosotros. A ejemplo del Santo Cura de Ars, dejaos conquistar por Él y seréis también vosotros, en el mundo de hoy, mensajeros de esperanza, reconciliación y paz.

      Con mi bendición.

      Vaticano, 16 de junio de 2009.

BENEDICTUS PP.XVI

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Capítulo General de los Clérigos Regulares ( Teatinos )

Por TEATINAS - 15 de Junio, 2009, 13:25, Categoría: Materiales para compartir

" Rogad por los Padres Teatinos...son todos santos..."

( Cfr. Madre Úrsula )

Nos unimos a los Padres Teatinos en este acontecimiento de gracia y bendición y pedimos por cada uno de los Padres Capitulares, para que sean dóciles a la acción del Espíritu y respondan con generosidad a la hora de reavivar el carisma de Cayetano de Thiene en la Iglesia de hoy.

Que la búsqueda del Reino y su Justicia siga siendo lo prioritario, por encima de cualquier interés temporal y humano y que la Providencia marque una vez más los rumbos de la Orden, para gloria de Dios y salvación de las almas.

San Cayetano

( Óleo de Goya )

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Por TEATINAS - 14 de Junio, 2009, 18:56, Categoría: Materiales para compartir

Benedicto XVI:

El Pan en el camino hacia la libertad, la justicia y la paz

Meditación durante el Ángelus en el día de Corpus Christi


CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 14 junio 2009 (ZENIT.org).- Publicamos las palabras que pronunció Benedicto XVI este domingo antes y después de rezar la oración mariana del Ángelus junto a miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.



* * *

Queridos hermanos y hermanas:

Se celebra hoy en varios países, entre los cuales Italia, el Corpus Christi, la fiesta de la Eucaristía, en la que el Sacramento del Cuerpo del Señor es llevado solemnemente en procesión. ¿Qué significa para nosotros esta fiesta? No sólo hace referencia al aspecto litúrgico; en realidad, el Corpus Christi es un día que involucra la dimensión cósmica, el cielo y la tierra. Evoca, ante todo, al menos en nuestro hemisferio, esta estación tan bella y perfumada en la que la primavera se convierte en verano, el sol brilla con intensidad en el cielo y en los campos madura el trigo. Las fiestas de la Iglesia, al igual que las judías, están relacionadas con el ritmo del año solar, de la siembra y la cosecha. En particular, esto se destaca en la solemnidad de este día, en cuyo centro está el pan, fruto de la tierra y del cielo. Por este motivo, el pan eucarístico es signo visible de Aquél en el que el cielo y la tierra, Dios y el hombre, se han convertido en una sola cosa. Y esto muestra que la relación con las estaciones no es para el año litúrgico algo simplemente exterior.

La solemnidad del Corpus Christi está íntimamente ligada a la Pascua y a Pentecostés: la muerte y la resurrección de Jesús y la efusión del Espíritu Santo constituyen sus presupuestos. Además, está inmediatamente ligada a la fiesta de la Trinidad, celebrada el domingo pasado: sólo porque Dios mismo es relación se puede dar una relación con Él; y sólo porque es amor puede amar y ser amado. De este modo, el Corpus Christi es una manifestación de Dios, un testimonio de que Dios es amor. De manera única y peculiar, esta fiesta nos habla del amor divino, de lo que es y de lo que hace. Nos dice, por ejemplo, que regenera al entregarse a uno mismo, que se recibe al dar, que no se desvirtúa ni se consume, como canta un himno de santo Tomás de Aquino: "nec sumptus consumitur". El amor todo lo transforma y, por tanto, se comprende que en el centro de esta fiesta del Corpus Christi se encuentra el misterio de la transubstanciación, signo de Jesús-Caridad, que transforma el mundo. Al contemplarle y adorarle, decimos: sí, el amor existe, y dado que existe, las cosas pueden cambiar para mejor y nosotros podemos esperar. La esperanza que procede del amor de Cristo nos da la fuerza para vivir y afrontar las dificultades. Por ello, cantamos, mientras llevamos en procesión al Santísimo Sacramento; cantamos y alabamos a Dios que se ha revelado escondiéndose en el signo del pan partido. De este Pan todos tenemos necesidad, pues es largo y cansado el camino hacia la libertad, la justicia y la paz.

¡Podemos imaginar con cuánta fe y amor la Virgen habrá recibido y adorado en su corazón la santa Eucaristía! Cada vez era para ella como revivir todo el misterio de su Hijo Jesús: desde la concepción hasta la resurrección. "Mujer eucarística" la ha llamado mi venerado y amado predecesor, Juan Pablo II. Aprendamos de ella a renovar continuamente nuestra comunión con el Cuerpo de Cristo para amarnos los unos a los otros como Él nos ha amado.

[Después de rezar el Ángelus, añadió:]

Del 24 al 26 de este mes se celebrará en Nueva York la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la crisis económica y financiera y sobre su impacto sobre el desarrollo. Invoco sobre los participantes en la Conferencia, así como sobre los responsables de la cosa pública y de los destinos del planeta el espíritu de sabiduría y de solidaridad humana para que la actual crisis se transforme en una oportunidad capaz de favorecer una mayor atención por la dignidad de toda persona humana y de promover una justa distribución del poder de decisión y de los recursos, prestando particular atención al número por desgracia siempre en aumento de los pobres.

En este día, en el que en Italia y en otras muchas naciones se celebra la fiesta del Corpus Christi, "Pan de la vida", como ya he dicho antes, deseo recordar en especial a los centenares de millones de personas que sufren a causa del hambre. Es una realidad absolutamente inaceptable, que no logra redimensionarse a pesar de los esfuerzos de las últimas décadas. Deseo, por tanto, que con motivo de la próxima Conferencia de la ONU y en las instituciones internacionales se asuman medidas compartidas por toda la comunidad internacional y se realicen esas opciones estratégicas, que en ocasiones no son fáciles de aceptar pero que son necesarias para asegurar a todos, en el presente y en el futuro, los alimentos fundamentales y una vida digna.

El próximo viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, Jornada de Santificación Sacerdotal, comenzará el Año Sacerdotal, que he querido convocar en coincidencia con el 150 aniversario de la muerte del santo cura de Ars. Encomiendo a vuestras oraciones esta nueva iniciativa espiritual, que seguirá al Año Paulino, que se encamina hacia su conclusión. Que este nuevo año jubilar constituya una ocasión propicia para profundizar en el valor y la importancia de la misión sacerdotal y para pedir al Señor que le dé a su Iglesia el don de numerosos y santos sacerdotes.

[A continuación el Papa saludó a los peregrinos en varios idiomas. En español, dijo: ]

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana. En este día, en el que en muchas partes se celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, os invito a rendir público testimonio de fe y piedad hacia este excelso sacramento, memorial de la pasión del Señor. Que la veneración de este sagrado misterio nos haga experimentar constantemente el fruto de la redención. Feliz domingo.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

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Pablo D´Ors: " LA ATENCIÓN "

Por TEATINAS - 10 de Junio, 2009, 19:39, Categoría: Materiales para compartir

 " Saber mirar es saber amar..."

     

LA ATENCIÓN

Los grandes hombres y mujeres de todos los tiempos se han caracterizado por su notable capacidad de atención. La atención es, precisamente, lo que les hizo grandes. No hay de qué extrañarse: sólo gracias a la atención vemos las cosas tal y como son: y en eso (en ver que un árbol es un árbol, una piedra  una piedra y un pájaro un pájaro) radica la auténtica espiritualidad. No hay que elucubrar, sólo mirar. La realidad no esconde otro enigma que el de la propia realidad. Querer ver enigmas en las cosas es lo que nos priva de las cosas mismas.

La mayor miseria del hombre es su dispersión. Dispersos estamos en muchas partes y en ninguna. Al vivir atentamente, en cambio, deja uno de pensar en necedades y tonterías. Porque lo cierto es que aquello que solemos pensar, bajo un aspecto trascendental, no pasa casi siempre de ser una tontería: los pensamientos sobre la vida cotidiana, en cambio, bajo el aspecto de una tontería, son auténticamente trascendentales. Si, la felicidad radica en lo elemental. Esta es la razón por la que nadie está privado de la posibilidad de una auténtica vida interior.

La atención que prestamos a algo es el termómetro más exacto de nuestro amor. El amor es un estado de atención completo; y la atención total conduce al amor. Amamos sólo aquello a lo que atendemos. Resulta imposible amar aquello a lo que no se ha estado atento. Toda la educación que debería brindarse a los jóvenes debería tendría que estar orientada al desarrollo de la atención. La compasión brota espontánea si estamos atentos al necesitado. No es posible estar atentos a un necesitado y no ser compasivo con él.

El egoísmo, la avaricia, la envidia… todo es fruto de la dispersión. Dios mismo es, fundamentalmente, un misterio de atención.

Pablo D´Ors

Publicado en " Vida Nueva "

Año 2009. Núm. 2663

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Agradecimiento a Doña María Fas

Por TEATINAS - 10 de Junio, 2009, 17:15, Categoría: General



" Orad por vuestros bienhechores..."
( Madre Úrsula )


Son días de acción de gracias para las Comunidades de Puerto Rico.
Desde el blog de Madre Úrsula
renovamos nuestro agradecimiento a Doña María Fas
por tanto bien recibido.
Nuestra oración la acompaña.

RR. Teatinas de la I.C.

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